Vértigo. No, no les estoy hablando de una de las (tantas) obras maestras del director Alfred Hitchcock. Me refiero a lo que muchos podrían experimentar viendo la última cinta del protagonista de Avatar, Sam Worthington. Pero ahí radica parte del sencillo encanto de esta producción que no pretende ser nada más de lo que acaba siendo: una correcta cinta de suspense y tensión, de esas en las que ‘nada es lo que parece’. Y precisamente es esa sensación de vértigo que veremos en determinadas secuencias de la que nos quieren hacer partícipes cuando acontecen, para que nos sintamos un Nick Cassidy (Worthington) más en nuestra cómoda butaca.

Al borde del abismo es el ser humano llevado al extremo más insospechado, ese en el que no tenemos nada que perder y si mucho que ganar. El guion de Pablo F. Fenjves sigue paso por paso la guía del buen thriller en la que cada acción, cada movimiento no está realizado al azar. Todo forma parte de un plan maestro diseñado al milímetro, y en el que cualquier pequeña fisura puede tirar todo el trabajo al traste. E incluso con esas, siempre tienen un Plan B de escape – usado en estas producciones – que, en ocasiones, encaja a la perfección con lo realizado hasta el momento. Vean cintas de temática similar o con la que este Abismo guarda algunos paralelismos como pueden ser El Fugitivo, Última llamada, Ocean’s Eleven y Plan Oculto: en todas tenemos víctima y culpable, motivo y acción, diseño y resultado final.

He de reconocer que es la película en la que más inspirado (que no excelente) he encontrado a Worthington, en la que menos cara de palo plasma en cada secuencia. Su personaje nos llega al momento, y todo el sacrificio que hace tiene uno ¿o varios? motivos por lo que se juega algo más que su vida. Se juega su presunta inocencia. Junto a él, un recuperado para la villanía Ed Harris – demostrando un 15% de lo que ya vimos en La Roca o Causa Justa – un inexpresivo Ed Burns, una desperdiciada Elizabeth Banks, un pillo Jamie Bell (a lo que nos tiene acostumbrados) y una innecesaria Genesis Rodriguez (a no ser que sea para calentar la platea). En ese thriller en el que cada segundo cuenta, destacan todas las secuencias que tiene lugar en la cornisa del Hotel Roosvelt, y en las que su realizador Asger Leth aprovecha para realizar unos planos que sitúen al espectador al límite mismo, los cuales se aprovechan del trabajo de Worthington a una altura de unos 20 pisos.

Entretenimiento es lo que tendremos si queremos dejarnos llevar por el plan de Cassidy. Prejuicios fuera, para las cintas de Allen o Malick. Aquí venimos a pasarlo bien, y si vamos con esa intención no saldremos defraudados. Si, hay diálogos que no aportan nada o que intentan que nos impliquemos con los personajes, que entendamos sus acciones (tanto buenas como no tan buenas). Hay una historia que funciona porque es consciente de su finalidad, pero que en su últimos minutos se deja llevar por lo inverosímil dejando la, hasta ahora, cordura que tenía. Y la cinta, al poder ser comparada con otras en cuánto a temática, no nos mostrará nada nuevo (ya saben, ese «me recuerda a…..» o «es una mezcla de….») como si pudo hacerlo Nolan con aquel Origen sin desperdicio.

Yo me lo he pasado pipa, y al cine no le pido más (esos créditos finales al ritmo de «Police on my back» de The Clash). ¿Qué me gusta qué algunas películas me hagan sentir o pensar? No puedo entrar a la sala esperando qué esta sea una de ellas. Da vértigo. Es más, el propio Worthington lo sufre de ahí que la cinta saliera adelante por su participación, y que su actuación sea más creíble. Quizás lo hizo para superarlo. Quien sabe. Yo, sin embargo, tras verla sigo confirmando que lo tengo.

Puntuación: 6,9/10