Después de que su novio traficante de drogas le tienda una trampa tras robar una fortuna a un cártel, Lydia (Erin Moriarty), una joven de 18 años, se ve obligada a escapar. En su huida, solo encontrará un aliado: su desastroso padre, John Link (Mel Gibson), un borracho, ex convicto que desea ejercer de buen progenitor. Ahora tiene la oportunidad de hacer lo correcto y salvar la vida de su hija, aunque ello ponga en peligro la suya.

Gibson es uno de los muchos actores/directores que Hollywood ha castigado (injustamente) por su vida privada. Y subrayen bien lo de PRIVADA. No voy a entrar a juzgar sus pecados personales – ni juego a Dios ni lo pretendo – pero si le valoro por su vida artística y lo que ha ofrecido al mundo del séptimo arte, que no es poco. Cómo bien decía Will Smith en Dos policías rebeldes II no critiques al jugador, sino el juego’. Amén. De ahí que Gibson se haya promulgado poco en la última década, tanto detrás de las cámaras (este año estrena Hacksaw Ridge, su primera cinta en una década desde Apocalypto) como delante de ellas (desde el 2002 estuvo ausente hasta cintas cómo Al límite, El Castor, Vacaciones en el Infierno o de villano en Machete Kills y Los Mercenarios 3). No deberíamos olvidar que les hablo de Mad Max y Martin Riggs (entre otros).

El director francés Jean-François Richet (encargado del recomendable y violento remake de Asalto al distrito 13) nos devuelve al Mel más badass, musculado a sus 60 añazos para una cinta de acción sin tapujos ni adornos que llegará, posiblemente, de manera limitada este 25 de Agosto. Eso sí, sus primeros pases, aplauden la energía de Gibson en una cinta con claro tufillo a cine de Serie B directa al fan más ferviente del protagonista de Conspiración (¿y acaso muchos hoy llamados clásicos de los 80 no eran sino eso, cine de Serie B?).

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Blood-Father-Movie-Poster