Adonis Johnson (Michael B.Jordan) no llegó a conocer a su famoso padre, el campeón del mundo de los pesos pesados Apollo Creed, que falleció antes de que él naciera. Sin embargo, nadie puede negar que lleva el boxeo en la sangre, por lo que pone rumbo a Philadelphia, el lugar en el que se celebró el legendario combate de Apollo Creed con un prometedor y duro rival llamado Rocky Balboa (Sylvester Stallone). Una vez en la ciudad del amor fraternal, Adonis busca a Rocky y le pide que sea su entrenador. A pesar de que este insiste en que ya ha dejado ese mundo para siempre, Rocky ve en Adonis la fuerza y determinación que tenía Apollo, su enconado rival que terminó por convertirse en su mejor amigo. Finalmente, acepta entrenarle a pesar de estar librando su propio combate contra un rival más letal que cualquiera a los que se enfrentó en el cuadrilátero.

Never say Never. Una famosa frase muy repetida en el cine, y que no muchos aplican. Y si no que se lo digan a Sean Connery que perjuró que no volvería a ser James Bond hasta que un suculento cheque – ejem, guion quería decir – le hizo incumplir su palabra (y la cinta se llamó, precisamente, Nunca digas nunca jamás). Lo mismo podría decir Sly, que tras aquel Rocky Balboa decidió dar carpetazo a su boxeador favorito (hasta el punto que la ya icónica escena de las escaleras fue la último que rodó, dada la nostalgia del film) pero no contaba con la savia nueva de este Siglo XXI.

Por eso este Creed tiene el reclamo de Balboa a pesar de no ser el protagonista absoluto, en una cinta que dirige y escribe Ryan Coogler – primera que no toca Stallone en alguna faceta – y que nos llega el próximo 8 de Enero (tenemos un Otoño-Invierno más movido que la moda de El Corte Inglés).

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