Una moneda tiene dos caras. Hay dos puntos de vista, dos maneras de verla. Es blanco o negro (no queda espacios para el gris). Con el cine muchas veces sucede lo mismo: o nos encanta lo que presenciamos, o no dejamos títere con cabeza. Lo raro es que una película sea capaz de crear tanta indiferencia – o repulsa – como admiración. Esto son las luces y sombras de El Hombre de Acero.

Hay dos cintas encerradas en una sola. La de Christopher Nolan (por supuesto la mejor) y la de Zack Snyder (la peor). Y es que me he enfrentado a varias obstáculos antes de sentarme ante los 146 minutos de vuelo de Clark Kent: la (MUY) larga espera, con pequeñas dosis que prometían uno de los mejores espectáculos del año y las primeras críticas que pude ir leyendo (esta es una más, no le busquen los matices), o escuchando de allegados (había para todos los gustos y colores). Por eso si usted, estimado lector, no ha visto todavía este Superman siglo XXI no siga leyendo. Sí, hay SPOILERS. Y no soy un fan acérrimo de Batman y/o de Marvel dispuesto a darle por todos los lados al kriptoniano más famoso del mundo. Hablo de cine. De si su resultado ha valido la pena.

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Y….¿la ha valido? La primera impresión no siempre es la que cuenta (yo mismo he visto películas que detesté en mi primer visionado para luego aplaudirlas). Por eso me he dado algo de tiempo y, aun con esas, sigo como en estado de trance. Con una sensación de si…..y no. De momentos que me dejaron clavado al asiento – los que rebosan humanidad – y otros que me hacían sentir hasta cierta vergüenza ajena (¿de verdad ES necesaria tanta pantalla verde = efecto digital?). Una buena historia no se mide por el grado de efectos especiales, porque si no está bien contada lo otro es un mero adorno visual completamente desaprovechado. El Hombre de Acero es 1/3 Nolan y 2/3 Snyder. Por lo que salimos perdiendo en algunas ocasiones.

Gracias a Dios no es siempre así. Su prólogo convence (Russell Crowe ayuda, aunque luego aparezca más de lo que debería a mi parecer) y los orígenes de Kent narrados de manera alternativa entre el presente y los recuerdos cumple su cometido: que sepamos por cuenta gotas las vivencias que le llevaron a donde está, y convertirse en lo que es (de momento). El novato Henry Cavill cumple, no posee el carisma de Reeves (demasiado venerado si visionamos hoy en día el primer Superman) pero tampoco es el plano y soso del Routh. Su química con Amy Adams es creíble, a pesar de que el personaje de Lois Lane en su intento de adaptarlo a los tiempos que corren sufra de momentos absurdos, e incluso de situaciones que parecen creadas para darle más cancha de la que deberían, y no convertirla en la ‘chica a salvar’ únicamente.

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Pero de todos los nombres propios me quedo con dos (apurando, tres): Kevin Costner  – y que me ataquen los que siempre han detestado a un gran actor como Costner – como la voz de la madurez en Kent, con apuntes hasta crudos (ver la conversación con su hijo sobre lo sucedido en el autobús) e imágenes sencillamente desgarradoras (el tornado, el último flashback); Diane Lane, impagable como Martha Kent (la primera conversación con su hijo encerrado en un armario) y, en algunas secuencias, Michael Shannon (su Zod puede ser muy perverso, oscuro e implacable). Es aquí donde brilla la película DE Nolan, la luz al final del túnel (el primer vuelo del héroe).

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Pero cuando Nolan se iba – vaya usted a saber dónde – Snyder entraba en escena. De ahí el excesivo uso del CGI (le gusta más un ordenador que a un tonto un lápiz o que a Peter Jackson un Hobbit) y lo que prometía ser una trepidante guerra entre dos mundos repleta de acción y ¿emoción? se queda en un destrozo digno de un botellón de los Transformers de Michael Bay (Metrópolis y Smallville, ésta mejor parada, quedan para los rastros). De acuerdo, son razas de super hombres. Vuelan, golpean con super fuerza…….pero el claro ejemplo de que la sobredosis de efectos podía haberse quedado en menos se reduce a un solo momento: el último golpe entre Kent y Zod, magnífico pero precedido de un desfase visual por los aires completamente innecesario. Todo lo que Nolan construye, Snyder lo derriba (cuya mejor cinta es y será Amanecer de los Muertos, con uno de los mejores prólogos de la pasada década, antes de que tocase……un jodido ordenador).

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Inconcluencias. Unas cuantas. Allá van: a 40 bajo cero con un gorro de lana y tapándose la boca con la mano; la búsqueda de Lane hasta dar con Kent es digna de Pullitzer; Zod puede matar a Superman en la nave….pero le revela todo lo sucedido; Crowe, la conciencia que habla y ayuda a todo el mundo…….Podría ser épica, pero no quiere (o no le han dejado).

Sombras.

Y luces. Decisiones que no todos comparten, como dejar la sinfonía de John Williams para que Hans Zimmer construya una de cero (que me ataque quien quiera, pero de las mejores del año como se comprueba en los últimos 5 minutos de cinta….precisamente de los mejores de toda la película). Es el aire de nostalgia el que puede matar a una película que, por muchos momentos, da la sensación de que podía haber sido algo muy grande (todos y cada uno de los flashbacks, el final con guiño incluido, las conversaciones de Cavill con Costner y Lane……) pero que finalmente no es así (desde la llegada de Zod a la Tierra la cinta es un cúmulo de despropósitos).

Quizás, con el tiempo la acabe adorando, como ocurre con todas esas películas que son idolatradas cuando en su momento fueron objeto de rechazo y repulsa (ejem, Blade Runner por nombrar una y eso que nunca me ha gustado). Ahora no es ese momento. Lo que me queda es un sabor agridulce. Dulce Nolan. Agrio Snyder. Un vuelo rasante que no termina de despegar……….

Puntuación: 6,4/10.

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