Todo el mundo en pie. Presiden la sala los honorables – y geniales – Robert Downey Jr y Robert Duvall. Un duelo sin precedentes. Un cara a cara cinematográfico en toda regla. Guarden silencio por favor y pónganse cómodos en sus butacas. Vamos a ser testigos de una muestra del séptimo arte en su más profunda vertiente, pura interpretación nata, dos monstruos de la gran pantalla en un recital de diálogos, miradas y gestos que nos recuerdan por qué asistimos a salas de nuestra ciudad para dejarnos llevar por unas horas por lo que tenemos en frente.

Iremos de la mano de uno de los mejores actores de todos los tiempos – y punto – y de otro viviendo una segunda juventud, pletórico de cada segundo que se le ha brindado para sacar a relucir lo mejor de sí. Imposible no dejarse llevar ante tanto talento. Les hablo por supuesto de Downey Jr y Duvall. Los dos Roberts.

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Presente el caso letrado. En mi caso les expongo 3 argumentos muy claros y concisos. Sin rodeos. En primer lugar soy un adepto del cine con juicios de por medio. Desde mis adoradas Algunos hombres buenos J.F.K. pasando por Tiempo de matar, El Jurado, En el nombre del padre a los clásicos Matar a un ruiseñor, Veredicto final y 12 hombres sin piedad. En segundo, la presencia de Robert Downey Jr en un papel hecho para el lucimiento de cualquier actor con un mínimo de presencia y carisma (y a Downey le sobra de ambas). Y en tercer lugar, un frente a frente de dos grandes de Hollywood, con dos actores en estado de gracia en uno de esos marcos dónde se ponen a prueba los límites humanos y, sobre todo, la veracidad: la sala de juicios.

Cierto es, también, que llevo tiempo queriendo hincarle el diente a esta cinta dirigida por David Dobkin (su mejor obra, cosa no muy complicada teniendo en cuenta que hasta la fecha era un experto en comedias del tipo De boda en boda o El cambiazo) el cual ha sabido rodearse de lo mejorcito para que la cinta luzca como se merece, y que su labor pase (meramente) desapercibida. Una cinta que solo podría concebirse por la presencia de sus dos actores principales, reclamo de sobra para llenar las salas y asistir a su clase magistral de interpretación. Una montaña rusa de sentimientos y humanidad. Esto es cine. Sin adornos innecesarios.

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Que pase su primer testigo. Y ese no puede ser otro que Robert ‘caigo bien a todo el mundo’ Downey Jr. A sus casi 50 años, el protagonista de Zodiac – su mejor papel junto a ésta desde su olvidado Chaplin – ha logrado lo que pocos: ser un quiero Y puedo. No hay nada que se le resista. Robert está encantado consigo mismo. Se adora, es su fan número 1, se relame en cada escena en pantalla, disfruta con lo que hace y lo transmite sin esfuerzo alguno. Desde su vuelta desde las sombras, me he preguntado dónde está la línea que separa al actor del personaje, a Downey de su Tony Stark o Sherlock Holmes más reciente. Y he llegado a una conclusión: no hay tal línea. El actor que vemos en pantalla es Robert en estado puro. No hay fisuras, no hay engaños. Su presencia es, sencillamente, hipnótica.

Está claro que el papel de Hank Palmer es un caramelo muy dulce para cualquier actor que se precie a dar lo mejor de sí. Un abogado sin escrúpulos que deberá desempolvar su corazón para ayudar a la persona con quien menos lazos tenía en común: su propio padre el cual, para más inri, lleva toda la vida siendo un ¿duro? juez que aplica la ley sin concesión alguna y que ahora deberá sentarse en el banquillo de los acusados. Es Palmer contra Palmer (no sé quién pillará este «chiste de juicios»). Gracias Marvel por devolvernos a este genio. No lo están desaprovechando.

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Necesito un receso. O varios. Porque hablar de Robert Duvall es de lo más difícil que he hecho en los casi 3 años de vida de este humilde blog. A sus casi 84 años – y en un papel de un personaje con 10 años menos – el protagonista de OBRAS MAESTRAS tales cómo El Padrino, La jauría humana, Bullit, o Apocalypse now demuestra tener una presencia impoluta, cautivadora a la par que magistral, librando uno de los mejores cara a cara que hemos visto en mucho tiempo. Cuando hablé de esta cinta justo antes de su rodaje, hubo dos nombres que sonaron fuerte para el papel de El Juez al que da título la cinta: Jack Nicholson y Tommy Lee Jones (yo estaba encantado por poder ver un Downey Jr vs. Nicholson). E incluso me llevé cierta desilusión por la elección final de Duvall, y no por las cualidades de este actor brillante como pocos, sino por mi debilidad hacia el viejo Jack. Tras ver el tráiler, divisé en el horizonte mi presumible error de apreciación. Hoy se los confirmo: me equivoqué en prejuzgar (valga la redundancia).

Brillante sí, humano, conmovedor, brutal, reveladora…….y así podría seguir con los halagos a Duvall. Cada una de sus escenas/desencuentros con Downey son para sacar las palomitas y disfrutar como bellacos. Un actor que no tiene reparos en demostrar el lado más duro del ser humano, en enseñarnos su vulnerabilidad como pocos lo han hecho (atención a la escena del cuarto de baño) ya que estamos (mal)acostumbrados a ver a los actores como seres inmortales sin defectos ni impurezas. Duvall se muestra cómo lo que es: un anciano de 80 años que no tiene nada que ocultar, pero si un corazón dispuesto a luchar hasta su último aliento por algo que pocas veces recordamos en pleno siglo XXI: su honor.

Son los pilares de esta obra. Un enfrentamiento del que no tiene porqué salir un ganador necesariamente. Marcan sus tiempos, sus pautas y su terreno, dejando espacio siempre a su contrincante para que despliegue sus mejores armas. Y esas no son otras que su magia interpretativa: cada secuencia juntos es un recital de miradas (amor/reproche), diálogos que salen vomitados de lo más profundo de su ser, un choque de talentos desenfrenado (desde su primer encuentro, pasando por el testimonio de Duvall en el estrado hasta su última secuencia juntos) que harán las delicias de los amantes del cine de actores sin más. Que Duvall tenga a su edad un solo Oscar en sus vitrinas – con 5 nominaciones más – es un error que espero se corrija y rápido el próximo mes de Febrero.

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¡Protesto señoría! Tanta (semi) perfección tiene sus peros. No todo lo pueden hacer estos dos maestros del cine. No puedo obviar que su realizador Dobkin sabe lo que se trae entre manos, y hace con el producto lo mejor que puede, pero no es un realizador que pueda presumir de personalidad. De ahí que la cinta contenga momentos que podían haberse quedado en la sala de montaje – sobre todo los acontecidos con el personaje de una fabulosa como siempre Vera Farmiga, por eso de darle algo de interés amoroso a la cinta más allá del fraternal – y que su larga duración, a pesar de que no es una carga en nuestros hombros, si habría quedado más redonda con 30 minutos menos (y es que dura 141 minutos nada más y nada menos).

El cúmulo de clichés se amontonan a lo largo del metraje: personaje con problemas en su pasado, pueblo al que regresa tras huir de allí desesperadamente ahora convertido en alguien con éxito, (des)encuentros con viejos conocidos con los que queda algún que otro lazo pendiente que atar………Lo que realmente nos acaba importando es la relación (¿perdida?) padre/hijo, abogado/acusado de los protagonistas, todo ello muy bien edulcorado con la precisa y delicada partitura de Thomas Newman (¿para cuándo un merecido Oscar al creador de joyas musicales cómo Cadena perpetua, American Beauty, Buscando a Nemo, Camino a la perdición, Wall-E o la reciente Al encuentro de Mr.Banks tras 12 nominaciones?) o la espléndida fotografía de Janusz Kaminski, precisamente el colaborador habitual de……Steven Spielberg.

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El jurado ya ha deliberado. Lo que hemos visto es una clase de actuación como pocas. Las 12 personas que asisten a la defensa de Downey a su padre no son los únicos testigos de la sala, ni tampoco los únicos encargados de dar un alegato final sobre su culpabilidad o inocencia. Y es que, precisamente, eso no es lo primordial aquí sino las relaciones humanas. Las que perdimos, las que dejamos escapar, las personas que ya no están en nuestras vidas pero que seguimos pensando en ellas, las oportunidades que vuelven con el paso del tiempo y los estrechos lazos que creíamos rotos cuando simplemente estaban un pelín descuidados……….

Siempre hay tiempo para una palabra de perdón o cariño. Para arreglar un roto, para enmendar un error. Lo que nos hace personas, lo que nos define como humanos es nuestra capacidad de reconocer nuestros fallos en lugar de ocultarlos con la absurda esperanza de que el paso de los días, semanas o años acabe haciendo que sean borrados……….

Nuestro veredicto es……..una de las joyitas de este casi acabado 2014. Inolvidable.

Puntuación: 8/10.

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