Bourne sin Bourne. Menuda ironía. Imaginen una película de Star Wars sin Darth Vader……ups eso ya ha ocurrido. Bueno pues una de Piratas del Caribe sin Jack Sparrow. Mejor. Lo que se acarreaba como una tarea imposible se ha superado y con buena nota. Digamos que lo importante es la esencia, que el público tenga la sensación de estar viendo lo mismo, sin ser exactamente lo «mismo». Lo que aquí llamamos el ‘Universo Bourne’. El guionista de las tres entregas Tony Gilroy nos propone una historia paralela aderezada con los mismos ingredientes, pero con un toque de sabor diferente. El resultado es, por adelantado, sabroso y sumamente grato.

Pero podía haber sido mejor. Cuando alguien lee una crítica – como usted está haciendo ahora mismo – lo que gusta en la mayoría de las ocasiones es ver el «hachazo», la caña, el meter baza y sacar la mierda (con perdón) de dicha película comentada. Así que empecemos por lo obvio: Gilroy no es Paul Greengrass, director de las 2 últimas y fabulosas entregas de la saga Bourne, y por supuesto que Jeremy Renner no es Matt Damon. En este segundo caso ni nos importa. Renner es el que sale con mejor nota de todo esto, y ha sido una suerte para Gilroy que esté en plena alza justo en el momento en que se debatía sobre si continuar o no una saga que con cada película se ha superado artística y económicamente a la anterior. Pero Greengrass dijo que no quería saber más nada de Bourne y con él se fue Damon (con ese amago de Bourne que fue Green Zone y que fracasó estrepitosamente). Renner lleva varios años pidiendo a gritos que su nombre figurase en primera línea. Aquí tiene su oportunidad. La ha aprovechado.

Más duro, más rápido e incluso más creativo que Bourne. Así es este Aaron Cross que se toma su tiempo (bien tomado) para presentarse, y que Renner borda en todas sus facetas (humana incluida). Tras haber sido mano derecha de Tom Cruise en la última Misión Imposible y un desaprovechado Hawkeye en Los Vengadores, por fin tenemos ocasión de verle brillar con luz propia. Por eso Gilroy ha tenido mucha fortuna en que apareciera en el horizonte el actor idóneo para aparecer en una cinta de Bourne sin Matt Damon repartiendo estopa en ella. Este legado tiene los que los fans de la saga demandan y siguen: dosis de acción – escasas pero contundentes – emoción, tensión, algo de suspense, villanos en las sombras (siempre son los esbirros los que van en primera línea) y un guion con una trama digna de las mejores películas de espías.

Trama que Gilroy ha liado demasiado. Es tal el desaguisado que hay trozos argumentales que requieren de varias secuencias para ser aclarados (uno para los más avispados y otro explicado a lo Barrio Sésamo), por lo que en caso de parpadear demasiado el espectador se pueda ver algo perdido entre tanto medicamento, super soldado, virus y programas de la CIA cancelados, operando o en plena fase beta. Su eficacia como guionista puede ser excepcional (la trilogía de Bourne o La Sombra del Poder) pero también demasiado caótica como ya vimos en sus dos trabajos previos como director: la correcta Michael Clayton y la aburrida Duplicity. Aquí peca de exceso de información. No pido que una cinta insulte a mi inteligencia (Battleship), pero tampoco que la sature.

Y es que Bourne funcionaba porque partía de una premisa sencilla: la amnesia. A partir de ahí, el personaje de Matt Damon tiraba de los hilos de una compleja tela de araña para desvelar quienes intentaban acabar con él, y recordar su identidad. Ahora esa tela de araña es mucho más amplia. Personajes como el de Joan Allen, David Strathairn, Scott Glenn o Albert Finney son casi terciarios – o cuaternarios – dejando todo el grueso de la película en un duelo entre Jeremy Renner y Edward Norton, a pesar de que no compartan mucha pantalla. Junto a ellos una Rachel Weisz siempre acertada, y que tiene muy claro que su personaje se pasea al lado de Cross, y que es este el héroe (muy a su pesar) de todo el espectáculo.

Gilroy no tiene nada que envidiar a Greengrass en las secuencias de acción (el ataque a la casa es IMPRESIONANTE, filmado con una elegancia precisa y con una plano secuencia de Renner liquidando a uno de los esbirros que arrancaría más de un aplauso) y es en ellas donde este legado adquiere la condición de imprescindible. La cinta complementa a la nombrada trilogía – comienza a mediados de la tercera – y es un ejercicio de suspense y tensión muy bien desarrollados. No hay fan que no pueda sentirse decepcionado. Pero como dije al principio Gilroy no es Greengass, y es en las secuencias en las que no sucede «nada» (violentamente hablando) en las que el realizador de El Mito de Bourne sabía como entretener sin que en apariencia este ocurriendo algo importante. Por lo que empatan en un apartado pero en otro gana el segundo.

Renner se ha labrado una carrera que merece que prestemos atención a partir de ahora (a mi personalmente ya me «conquistó» en The Town) y logra que el único momento en que nos acordemos de Damon sea cuando veamos su «nombre» en los créditos iniciales. Pedirle más sería injusto. Por eso a quién van dirigidos mis dardos envenenados es a su realizador por querer liarme tanto. No puedo desvelar si hay posibilidades de una quinta entrega – el final es el idóneo – pero de ser así ojalá que vuelva Greengrass, y que Gilroy escriba y con ciertas dosis de tila encima. Damon ya no tiene nada que demostrarnos. A Renner le queda mucho por recorrer (con 2 nominaciones ya a su espalda) y entretener (otra misión imposible y más vengadores en camino).

Buen cine veraniego y un más que adecuado «giro» al Universo Bourne. No olviden sus palomitas antes de entrar (a no ser que padezcan la misma amnesia de Jason).

Puntuación: 7,3/10