El pasado Diciembre mientras veía – o intentaba no dormirme mucho – El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos no paraba de pensar lo desmejorado que estaba ya Christopher Lee, pero sin embargo la energía que seguía teniendo en pantalla. Vale que cuando lo vi hace más de una década en la piel de Saruman por primera vez (o del Conde Dooku en Star Wars) probablemente haya pensado algo similar, pero el británico siempre demostraba tener una presencia eclipsante en la gran pantalla. Este pasado domingo 7 de Junio, a la edad de 93 años fallecía en un Hospital de Chelsea a consecuencia de un fallo cardiorespiratorio, pero su viuda ha querido mantenerlo en privado para poder despedirle con los suyos. Drácula finalmente ha tenido su último descanso.

El actor nacía en 1922 en Belgravia (Londres), siendo hijo de un militar y de una condesa italiana. Pasó su infancia en escuelas de alto prestigio debido al divorcio de sus padres, alternando con gente de la alta sociedad británica (de ahí su amistad con Ian Fleming, el creador de James Bond). En 1939 combatió como voluntario en la Guerra de Invierno entre Rusia y Finlandia, alistándose posteriormente en el ejército del Reino Unido durante la II Guerra Mundial. Lee fue todo un estratega cómo oficial de inteligencia de la SAS, participando en todo tipo de batallas – de las que nunca haciá gala – como la que tuvo lugar en Montecasino (una de las más crudas de toda la guerra).

Tras la guerra, y decidido a no seguir con la carrera militar, decidió probar suerte en el cine y en el teatro: tras un pequeño papel de secundario en el Hamlet de Laurence Olivier en 1948, tuvo otros papeles secundarios en cintas tales como Quo vadis, El hidalgo de los mares, El temible burlón o Moulin Rouge. En 1957 entra a trabajar para la productora británica Hammer Films (consabida en el mundo del terror) y es donde logra la fama mundial: en La maldición de Frankenstein (1957) forma un trío absolutamente legendario junto al director Terence Fisher y su amigo íntimo Peter Cushing, con quienes rodaría al año siguiente Drácula, el papel por el que sería recordado por todos.

Desde entonces el actor vistió la capa del vampiro en más de ¡¡20!! ocasiones, pero también será conocido por otro de los grandes villanos del cine, Fu-Manchú, al que encarno por primera vez en 1965 en El regreso de Fu-Manchú, papel que repetiría en 4 ocasiones más. Entre otros papeles de esa época destanca el Conde de Rochefort, enemigo eterno del mosquetero de Alejandro Dumas D’Artagnan al que dio vida en Los tres mosqueteros y Los cuatro mosqueteros, y por supuesto el villano Francisco Scaramanga, más conocido como El hombre de la pistola de oro al que se enfrentaba James Bond (Roger Moore).

Sufrió un leve declive durante las décadas de los 80 y los 90, algo común en actores de cierta edad y venidos de papeles ciertamente «estancados», pero se dejó ver (y disfrutar) en Gremlins 2, Loca academia de policía VII (la última hasta la fecha), La sombra del faraón (la versión oscura de La momia en 1999) o un semi-cameo en Sleepy Hollow (repetiría nuevamente con Tim Burton), pero fue en 2001 cuando tuvo el despegue definitivo – y merecido – para las nuevas generaciones con ese impagable Saruman de la trilogía de El Señor de los Anillos (Lee conoció en persona al propio Tolkien). Junto a este papel, le vimos como Sith malvado en los Episodios II y III de Star Wars, el padre de Willy Wonka en Charlie y la Fábrica de Chocolate, poner voz a dos personajes en dos cintas más de Burton (La Novia Cadáver y Alicia en el país de las Maravillas), La invención de Hugo de Martin Scorsese o nuevamente cómo Saruman en la trilogía de El Hobbit que terminó el Diciembre pasado.

Aparte de Drácula, Frankenstein, Saruman, Dooku, Rochefort o Fu-Manchú fue también una Momia para la Hammer (con su amigo Cushing), Sherlock Holmes, su hermano más listo Mycroft, Rasputín o participando en clásicos cómo Aeropuerto 77, El hombre de mimbre (al que Lee siempre consideró su mejor trabajo) o cómo un peculiar nazi bajo las órdenes de un jovencito Steven Spielberg en 1941 (destacando la famosa anécdota del «instrumento de tortura» que Lee se negó a usar y Spielberg recuperó para En busca del Arca perdida).

Se nos ha ido un grande, una leyenda del cine británico y mundial y un icono para generaciones del terror y lo fantástico. El mundo pierde una referencia cinematográfica, pero nos queda su tremendo legado. Lee conoció a personajes históricos, vivió los horrores de una guerra, compartió su amor en un matrimonio de 55 años, grabó hasta discos de Heavy Metal pero, sobre todo, nos dejó su huella en el cine.

Gracias Maestro, por tanto miedo y placer a la vez.

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