Muy pocos – o nadie – diría allá por el verano del 2001 que un refrito de la afamada Le llaman Bodhi pero con coches de por medio y mucha (muchísima) testosterona acabaría convirtiéndose en una de las sagas más taquilleras de toda la historia del cine (y la que más en particular de su productora, Universal Pictures). Y ahora 17 años más tarde, y con 7 cintas a la espalda, Vin Diesel puede presumir de que SU Fast & Furious merece todos los respetos en cuanto a la taquilla se refiere. Otra cosa es la calidad de las cintas, que es a lo que voy a intentar tratar a continuación. Pero si vemos el avance de una cinta llamada Fast & Furious 8 (¡¡¡¡Ocho!!!!) en el que «vuelan» coches, desvían torpedos con la mano, y los protas son calvos (casi todos), chulos, musculosos y conducen a 900 por hora mientras escriben un Tweet y se cambian las gafas de sol ¿¿vamos a llevarnos a sorpresas una vez dentro de la sala??

Ya les respondo rápido: No, y rotundamente NO. Sin embargo, esta primera cinta sin Paul Walker tras su prematura muerte en 2013 – créanme, se nota la ausencia del actor aunque tengamos al ‘vale para todo Scott Eastwood – demuestra que la saga empieza a derrapar, y a acusar un cierto desgaste (o falta de gasolina). Quedan todavía dos películas más  – en 2019 y 2021 respectivamente – y arrasarán como las anteriores (la que ahora nos ocupa va camino de superar los 1000 millones en taquilla, y quien sabe si igualar los más de 1500 de su predecesora) pero la fórmula necesita una revisión.

O cómo dirían ellos, pasar por la ITV.

La familia es lo que más importa. Algo que SIEMPRE saca pecho Diesel allá donde va, tanto dentro como fuera de la pantalla. De ahí que lo único que nos quedaba por ver era una traición a la misma, y que estos (Tyrese Gibson, Ludacris, Dwayne Johnson y Michelle Rodriguez entre otros) deban enfrentarse al peor contendiente posible: el propio Toretto. Un tibio arranque en Cuba del que podemos sacar en positivo que hay muy pocos lugares para rodar como La Habana (que bien lucen sus calles y su gente), y que las persecuciones sin CGI de por medio quedan mejor que nada (y si no, revisionen esa obra maestra llamada Mad Max: Furia en la Carretera). La luna de Miel de Toretto y Leti se ve salpicada por la presencia de una peligrosa hacker, Charlize Theron (de las pocas que sabe en que cinta se ha metido), que conduce al hasta entonces leal Dominic al otro lado. ¿Los motivos? No voy a desvelarlos, tranquilos. Pero sí diré que no cuelan. Que es rizar el rizo en la saga, buscar donde no hay y que no me los creo. Lo siento, pero no.

El código de estos ex-ladrones con palabras cómo respeto o hermandad, pende de un hilo que el guionista Chris Morgan – el habitual de la saga – se saca de la chistera cómo el mejor mago posible. Y es que asistimos al espectáculo del ‘todo es posible’, cómo un niño que construye su terreno de juegos para luego destruirlo con el máximo placer posible. Sólo que esos niños son Morgan and company, y los juguetes coches de miles de dólares. Saben lo que demanda y gusta a su audiencia. Y no les importa desafiar ya no solo a la gravedad (¿recuerdan los saltos en la sexta entrega de Toretto con «fe» o en Dubai de la séptima?), sino a toda lógica posible. No aburre, ni mucho menos, pero esa diversión empieza a verse algo deteriorada. Se nota, y mucho, la mano de Diesel en el proyecto. Y es que su control va más allá de lo que vemos en pantalla, por mucho que nos quiera vender lo contrario.

Hay diversión, hay espectáculo, pero sin la pasión y el humor sobre sí misma de las anteriores. ¿Importa? Viendo la recaudación está claro que no.

El rap de la cárcel. Y esto dicho por alguien que considera Fast 5 no sólo la mejor cinta de toda la saga, sino una de las mejores cintas de acción de este Siglo XXI. Ahí es cuando se forjó esta gran familia, que ha ido dejando miembros por el camino pero captando otros. En ese terreno brillan dos nombres por delante de todos: Dwayne Johnson – casi ausente en la entrega previa – y Jason Statham. Normal que en estos días Universal se plantee un spin-off con sus personajes. Son lo MEJOR de la función, y cada momento juntos en pantalla (incluso separados) valen el precio de la entrada. Sus continuos piques, reproches y amenazas son una delicia por la presencia de dos actores carismáticos, que se divierten y que nos hacen divertir a la par. Resulta curioso que la mejor secuencia de toda la cinta no se produzca al volante de un vehículo, sino entre las rejas de una cárcel. Y quién sabe si dicha huida/pelea no habría dado más de sí de no ser por Diesel (dicen las «malas lenguas» que el actor recorto de la sala de montaje más momentos de dicha secuencia, posiblemente conocedor de que Johnson/Statham eclipsan todo a su alrededor, y no sólo por su tamaño).

Otra que no cuela es convertir a los villanos de entregas previas en aliados. Qué poco rencorosos – u olvidadazos – son los musculosos pilotos. Da igual. Aquí es perdonable ante el show de los dos actores – atención al «vuelo» que se pega Statham, posiblemente una de las mejores secuencias de toda su carrera con una vena socarrona que debería sacar más a menudo – y que confirma a Diesel como el actioner de este siglo, muy lejos de las poses «dramáticas» de Diesel y su Toretto acorralado y atormentado. A Vin se le da mejor (ejem) ser Riddick, y no pega ver a un cincuentón en camisa de asillas dar lecciones de humildad para luego hacer lo que venga en gana. Vin, aprende de Dwayne y Jason: humor, más humor al personaje. Algo que hasta su querido Pablo sabía hacer.

Derrape en Manhattan. Ya nos habían anunciado que esta nueva entrega quemaría goma por las calles más concurridas del mundo: Nueva York. Y aunque la entrada en la ciudad es impresionante – a través de uno de los puentes que cruza el Hudson, con esa neblina que tapa los rascacielos – pocas veces he visto a la ciudad que nunca duerme tan poco aprovechada en una película. El abuso de CGI es agobiante, innecesario y cansino. En lugar de asistir a una gran persecución, estamos viendo un videojuego poco creíble con «actores» diciendo ‘¡oh. nos caen coches desde el cielo!’ o ‘ahora sé lo que sienten los polis cuando nos persiguen’. Dejando de lado que dicha persecución es IMPOSIBLE – del tráfico en Manhattan hizo buen uso John McClane en Jungla de Cristal: La Venganza – encima es aburrida, sin ritmo y pesada. Posiblemente la peor parte de toda la saga, solo salvable por los dos antes nombrados (y un Kurt Russell delicioso, con más protagonismo que en la anterior, consciente de que su papel es sonreír, decir lo que está pasando, y controlar al grupo de testorterónicos).

Menos mal, que su realizador F.Gary Gray – que repite con Theron y Statham en la mil veces superior en todos los aspectos The Italian Job, que de paso reivindico por estos lares – sale al paso con un tercio final que si cumple las expectativas de una cinta de estas características. Y aunque el «guion» sigue siendo absurdo, esa persecución por el hielo es un espectáculo en sí mismo, dejando de lado todas las leyes posibles establecidas (ya sean de la amistad o de la gravedad). Un buen colofón que sin embargo deja cosas por resolver – se nota que le quedan dos partes más – y visto lo visto, a saber quién o quienes serán los malos y buenos de las próximas entregas. Lo mismo vemos a Johnson con pelo marcándose otro Vaiana……

Acción a raudales. Humor tan eficaz – Johnson/Statham – cómo repetitivo (los «diálogos» entre Ludacris y Tyrese Gibson ya han perdido gracia). Escenarios atractivos (en especial la breve Cuba y el helado final). Y, por supuesto, la reunión familiar en torno a la mesa de barbacoa uniendo brazos para demostrar la unidad (oh yeah).

El motor empieza a pedir un cambio de aceite, una puesta a punto en condiciones. Y aunque ruge con fuerza, y cumple en su recorrido, un relevo de piloto no le vendría nada mal (léase director con control sobre la cinta, y un Diesel endiosado con menos poder en la toma de decisiones final). No se confundan: Fast & Furious 8 ofrece lo que esperamos de ella. Pero quizás ese sea también su mayor problema……..

Puntuación: 6,5/10.