En 1984 un entonces desconocido Tim Burton se daba a conocer con un corto llamado Frankenweenie el cual era un claro homenaje no solo a la figura de Frankenstein y la cinta que protagonizó Boris Karloff en 1931 – ahí es nada – sino al cine de terror clásico en general, lo que le sirvió de carta de presentación para luego convertirse en el realizador que todos conocemos. Realizador con una filmografía tan lograda como irregular, aunque sus fans se empeñen en ver lo contrario. Y buena muestra de ello han sido sus últimos films, esa Alicia en el País de las Maravillas que solo sirvió para engrosar las arcas de Disney y la reciente Sombras Tenebrosas, la cual contenía momentos del Burton más histriónico intercalados con secuencias de absoluto descontrol y tedio (como si estuviera dirigida por la fotocopiadora de Burton).

Gracias a Alicia, Disney confió plenamente en Burton – y por confiar entiendan un ‘gracias por habernos forrado con semejante bodrio’ – y le dio finalmente luz verde a su Frankenweenie como él siempre quiso: un largometraje. Sacó del cajón de los recuerdos las ideas que tuvo para su corto original que tuvo que desechar en su momento y, conservando la esencia del mismo, decidió dar un paso más allá: convertir dicho largometraje en una cinta animada por stop-motion. Es su mejor acierto en años. Franken (para abreviar) funciona casi al 100% por la personalidad que tiene la cinta, el carisma de sus personajes, la emotividad de las escenas (algunas magistrales envueltas en una partitura mágica) así como el mejor humor negro de un Burton nuevamente inspirado, pero sobre todo por su protagonista Sparky, el cual es capaz de ganarse el corazón de la audiencia desde su primera aparición (qué fácil suena decirlo…..).

Créanme si les digo que esta cinta con personajes de carne y hueso y grandes efectos no sería ni la sombra de la que tenemos ocasión ahora de disfrutar. Desde el primer fotograma queda bien claro ante que nos enfrentamos, y la impronta del director está patente en cada segundo de película. Ternura, imaginación, honestidad, moral, y un desfile de personajes directos de la mente más perturbadora del creador de Bitelchús hacen que la vuelta a la vida de la mascota de Victor Frankenstein sea un viaje tan divertido como sincero y emotivo. Prefiero mil cintas como esta y que no recauden un duro a otras ya nombradas que queden en las listas de grandes taquilleras y tristemente no puedan ser recordadas por nada más. Un error que pareció cometer Pixar, pero que este año ha subsanado con la estupenda Brave que, junto con este Franken, tienen el honor de convertirse en 2 de los mejores largometrajes del año (animados e incluso superior a algunos no animados……….¿verdad Spiderman y Battleship?).

Corazón en su más puro estado. Sparky emana por los cuatro costados un amor incluso estando ‘muerto’ (no he desvelado nada tranquilos) y sus miradas, sus gestos transmiten lo que Burton desea que sintamos en cada momento. Junto a el auténtico protagonista, tanto su dueño Victor como sus compañeros de clase – mención aparte merece su profesor de ciencias, un Vincent Price dando auténticas lecciones sociales – son tan carismáticos como divertidos, y cada uno tiene su propia personalidad e inspiración. Burton hace gala de su humor más macabro pero socarrón, y todo lo que le rodea está a la altura de las circunstancias e incluso supera las expectativas para tratarse de la clase de película que es: desde el impresionante diseño de producción – todo creado de manera manual, un curro de enanos para estar en pleno 2012, como ese pueblito con un tufillo cincuentero ya visitado por el director en Eduardo Manostijeras entre otras – pasando por la fotografía en blanco y negro y la banda sonora de un Danny Elfman tan a sus anchas como pez en el agua (para un servidor se trata del compositor por antonomasia del cine tétrico, negro y/o fantástico).

Pero si la cinta no llega a completar esa «casi perfección» que he nombrado antes es por un tercer acto que, aunque pueda ser perdonable, no alcanza el clímax de perfección que si tuvo por ejemplo La Novia Cadáver (uno de los mejores y más bonitos finales vistos en una pantalla de cine) y en este caso parece hasta precipitado. A ello se le suma una serie de sucesos tan fuera de lo común como a veces desorganizados, lo que provoca que ese caos del que Burton quiere que seamos partícipes se le pueda ir un poco de las manos ¿de manera accidental?

He dicho en la introducción la palabra Homenaje. Así en mayúsculas. Porque Franken se convierte en una continua reverencia por parte de Burton a muchas cintas que han dejado huella en la historia, de ahí que podamos reconocer en su última obra una larga lista de películas de las que Burton ha «bebido» a lo largo de su filmografía: desde el Drácula de Christopher Lee – un habitual en sus últimas películas – hasta La Momia, Godzilla, Los Pájaros, Gremlins, Parque Jurásico y por supuesto Frankenstein y La novia de Frankenstein.

Con el paso de los años Pesadilla antes de Navidad – la cual no es del todo Burton, ni siquiera está dirigida por este – se ha convertido en un «clásico» del cine en la festividad de Halloween (su merchandising es colosal). Si el tiempo pone a cada uno en su sitio, este Frankenweenie deberá tomar dicho honor (junto con la comentada novia cadáver) y ser casi de obligatoria visualización cada año en la ‘noche de los difuntos’.

Yo le añadiría de mi cosecha particular El retorno de las brujas, que casualmente también es de Disney. E incluso el corto animado de Sleepy Hollow de la factoría de Mickey Mouse (aunque la cinta de Burton no desentonaría tampoco). Un ‘truco y trato’ bien llevado a cabo, y tendríamos un arsenal de dulces para disfrutar de dicha sesión «terrorífica». Un buen plan, si señor.

Puntuación: 7,1/10