Pisen fuerte. Sujétense. Contengan la respiración. Y, sobre todo, mantengan en la medida de lo posible la calma. Son algunas de las recomendaciones que bien podríamos tener en cuenta en una situación extrema, de esas en la que cada una de las partes de nuestro cuerpo se ponen en estado de alerta máxima porque son conscientes de lo que está pasando: no tenemos el control. No podemos dominar la situación. Lo que sucede está siendo inevitable. Es lo que muchos llaman estado de pánico.

¿Y si dicho estado tiene lugar en un ambiente completamente ajeno a nuestro hábitat natural? Si les he picado la curiosidad con esta anecdótica introducción puede que estén preparados para pasar hora y media en la más absoluta carencia de lo que hace que tengamos los pies en el suelo. Bienvenidos al espacio, a la soledad, a la ausencia de Gravedad.

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¿Alguien me recibe? Tres palabras que explican bien claro lo que está pasando. Estamos solos. Necesitamos a alguien. Quien sea, pero que venga. Y lo más rápido posible. Es el comienzo de una de las experiencias más sobrecogedoras y terroríficamente bellas al que un espectador podrá asistir. No hay tiempo para un descanso. Gravity de Alfonso Cuarón es uno de los fenómenos del 2013 por derecho propio, una cinta que merece ser vivida en cada segundo de metraje y que nos sumergirá en una situación hasta la fecha jamás vista en una gran pantalla. O al menos desde el punto de vista de Cuarón, y más concretamente de su pareja protagonista: Sandra Bullock en su mejor interpretación hasta la fecha y un George Clooney soberbio como nos tiene acostumbrados.

Es Bullock quien recita dichas tres desesperantes palabras. Dos astronautas a la deriva en el espacio. No necesitamos saber más (hablamos de una de las cintas mejor vendidas del cine, con un tráiler que no era un collage de escenas como suele ser lo habitual, sino poco más de un minuto de uno de los mejores planos secuencias de toda la película…..y hay unos cuantos).  Tres nombres propios que se han ganado el derecho de figurar entre lo mejor de este año – y si me apuran, de los últimos diez años – logrando que sintamos el espacio como nunca lo habíamos sentido. En silencio. Solo tenemos el compás de nuestras cuerdas vocales – y de quien nos acompañe, con suerte – el pulso constante y acelerado de nuestro corazón y el ritmo frenético de una respiración que puede exhalar su último aliento en cualquier momento. ¿Agobia? Esa es la idea. Y funciona.

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No te sueltes. ¿Han visto Star Wars? ¿O Star Trek? ¿O algún Star, el que sea, en el que los disparos y explosiones en el espacio suenen como una película de Michael Bay? Bien, pues borren esa idea de sus cabezas. En el espacio no hay oxígeno, las temperaturas son extremas (en frío,o en calor) y no hay sonido. Con ello Cuarón firma 90 minutos de ritmo incansable, desde el genial comienzo con el logo desgastado de la Warner y con unas secuencias de nuestra madre Tierra vista desde las alturas que si no le dejan con la boca abierta es que no son capaces en sus más adentros de contemplar la definición de belleza en su más puro significado. Pero no se dejen engañar por algo tan bonito. Lo que nos rodea es el infinito. Desconocido e inmenso. Y estamos expuestos al mismo. Es el terror, el miedo, la desesperación maquillada de poesía visual.

Bullock logra una de las actuaciones de este año – y la mejor de toda su carrera, por lo que si ya tiene un Oscar, su nominación por la doctora Ryan Stone tiene, y debe ser un hecho – dejándonos momentos para el recuerdo, con miradas o frases que logran que cada una de las situaciones por las que deba pasar sean vividas por nosotros también. Cada una de sus conversaciones con un (semi) breve Clooney – atención a la manera de tranquilizarla de éste y la sangre fría de su veterano Kowalski –  su monólogo ante la adversidad de un momento ¿final?, o la última y desesperada (por no decir valiente) decisión que toma hacen que la palabra actriz tome un giro pocas veces visto en el mundo del séptimo arte. Ella sola puede con el peso de la cinta, un peso al que Cuarón no escatima en apretar cuando creemos que estamos libres de toda carga.

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Gravedad. Es el año de los mexicanos. Guillermo del Toro nos brindó uno de los mejores espectáculos veraniegos con aquel Pacific Rim, que rescataba al niño que todos tenemos dentro y ahora su compatriota Cuarón logra una de las mejores vivencias que he tenido en una sala de cine, bien sencilla (les recuerdo que a veces no se necesita de mucho para lograr una genialidad) a la par que inolvidable. Sus planos secuencia – todo el prólogo, los accidentes que sufren los protagonistas, o el espléndido epílogo final todo ello acompañado de la vibrante partitura de Steven Price, otra gota de arte en medio de este océano de perfección cinematográfica – denotan una rareza, una visión que rebosa calidad y tensión por cada uno de los poros de su celuloide, descubriendo a uno de los mejores realizadores de su generación (su Oscar al Mejor Director debe ser una realidad, por no hablar de unos efectos especiales que dejan en paños menores al resto de producciones de este 2013).

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Emocionante. Un thriller espacial que se convierte en LA película del espacio por méritos más que sobrados. Una cinta llena de alma, sentimiento  y con una narrativa repleta de sencillez, corazón, coraje y sufrimiento. En el espacio nadie puede escuchar tus gritos (le robo el eslogan a Alien: el octavo pasajero). Estamos ante la magnitud de lo infinito. En silencio.

Sin Gravedad.

Puntuación: 8,8/10.

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