Han pasado unos cuantos meses desde que me senté a escribir mi última crítica para este (humilde) blog de cine. Quizás por falta de tiempo – o de ganas – no he vuelto a comentar lo que me ha parecido o sentido una cinta, a pesar de haber pasado por varias salas de cine, y encontrarme de todo claro está. Lo que he me ha sacado de este retiro crítico ha sido una experiencia, o más bien la persona que me la ha provocado: Mr. Mel Gibson. Actor y director – pónganlo en el orden que prefieran – al que, sea dicho de paso, he admirado desde mi infancia en ambas facetas: desde sus icónicos Mad Max Martin Riggs de la saga Arma Letal, pasando por su vena cómica en Maverick (incluso la primera parte del metraje de ¿En qué piensan las mujeres?), dramática en El hombre sin rostro Rescate, épica en Cuando éramos soldados, familiar en Señales y paranoica en Conspiración. Un Gibson apartado por sus pecados personales, y no profesionales, cuya carrera ha sido intachable, más que meritoria y digna de toda alabanza posible.

¿A qué viene tanta adulación? Hasta el último hombre. Cuatro palabras que nos devuelven – si es que alguna vez se marchó – al mejor Mel detrás de las cámaras, con una cinta que no solo está entre lo mejor del 2016 (nominaciones a los Globos de Oro incluidas), sino de lo que va de Siglo. Una proeza que se mete en lo más profundo del espectador y al que no dejará con indiferencia alguna. Posiblemente, una de las pocas veces en las que he salido de la sala dejando un poco de mi corazón y alma en ella……..

Tiempo de valientes. Y es que el periodo de la II Guerra Mundial siempre ha sido atractivo para la gran pantalla. Tras muchas cintas – o series de televisión – creemos estar inmunizados a lo que ocurrió durante casi una década entre Europa y Japón. Por eso, el aviso inicial de que estamos ante una historia real es cómo un cinturón bien apretado antes de arrancar una montaña rusa. Sentimos el traqueteo de las vías con los primeros compases – un arranque bélico tibio, pero hecho con la intención de desgarrarnos posteriormente – para conocer la vida de Desmond Doss (absolutamente magistral Andrew Garfield en su mejor papel hasta la fecha), un sencillo hombre de campo que quiere hacer lo que muchos jóvenes a principios de los años 40 del pasado siglo: ayudar a su país, no ser recordado como ‘el que se quedó atrás’. Sin embargo, sus creencias (y, por encima de todo, sus VALORES) le harán diferente a ojos del resto ante la negativa de empuñar una sola arma. Doss quiere ayudar, ser médico en plena batalla, curar vidas pero no quitarlas.

Es durante la primera hora en la que Mel nos enseña su baraja de cartas: la vida familiar de Doss (atención al padre interpretado por un torturado Hugo Weaving, en su papel más visceral), sus creencias (algo por lo que es conocido Gibson: su devoto cristianismo), su gran amor (la encantadora enfermera interpretada por Teresa Palmer) y su entrenamiento para el campo de guerra. En dicho campamento, deberá hacer frente a algo peor que un enemigo armado: sus propios compañeros y superiores, que tildan a Doss de cobarde e inútil para un cara a cara con una de las fuerzas armadas más crudas jamás vistas en la humanidad. El pulso narrativo es constante, y Gibson es capaz de ofrecernos momentos relajados – la presentación de sus compañeros de faenas, con la presencia de alguien que tiene mucho «calor» – y otros de pura impotencia (la reacción nocturna de sus amigos de barracón). Lo que parece un equilibrio imposible, Mel lo resuelva con absoluta eficacia y en todo momento sentimos (que no vemos) el sufrimiento de Doss, su lucha y sobre todo su coraje y empuje para ayudar a todo hombre posible.

Toda duda de la mano firme del director de Apocalypto queda patente durante ese tramo, demostrando que existen muy pocos directores realmente de actores, que saquen lo mejor de ellos e incluso algo jamás visto (léase Scorsese, Eastwood o Spielberg). De ahí, que tengamos a un eficaz Vince Vaughn dejando por fin su vena cómica (un digno heredero del RL Ermey de La chaqueta metálica, pero con corazón) e incluso que veamos por fin actuar a Sam Worthington (el momento en que descubre lo que ocurre en el acantilado). No hay ni una sola interpretación que sobre o que decaiga respecto al resto.  Es una película de actores impecable, algo casi impensable a veces en cine bélico (con excepciones cómo Platoon, Salvar al Soldado Ryan Apocalypse Now).

El médico que no decayó. Garfield se merece un párrafo para sí mismo. Un actor al que nunca he tenido en cuenta, y que voy a tener que tomar muy en serio a partir de ahora (nominado al Globo de Oro, y con Silencio de Scorsese por estrenar ante lo que podría ser su gran año). Su Doss cautiva desde el segundo uno, sentimos cada lágrima, cada lucha, cada golpe e incluso cada triunfo al que se somete. Una mirada que atraviesa y transmite como pocas. Su discurso en el consejo de guerra, la primera vez que ve a la que será su gran amor, el motivo de su negativa a empuñar un arma (un flashback tan necesario cómo duro, que refleja el daño tan interno que hace la guerra en los hombres que vuelven a casa), su conversación en una trinchera con un amigo/hermano de batalla y, por encima de todo, su empeño y eficacia por rescatar a todo compañero vivo posible en el acantilado de Hacksaw (de ahí el título original de la cinta), con secuencias que figuran entre lo mejor jamás visto en cine bélico en una pantalla……….

¿Les vuelvo a recordar que fue un hecho real? Pellízquense cuando no parpadeen ante las acciones de Doss que le han hecho digno de esta película.

Esa montaña rusa toma fuerza en dicho segundo tramo. Empieza una caída de libre de GUERRA cruda, sin concesiones ni pausas (hay un par de sustos que el pícaro de Mel nos brinda) para las mejores secuencias de guerra jamás filmadas (con permiso del Spielberg bélico en la pequeña y gran pantalla), y en las que la sangre, sudor, arena, metralla y todo tipo de elementos se mezclan en lo que fue uno de los momentos dramáticos más intensos y tristes de nuestra historia. Gibson no se adorna, ofrece un asiento en primera fila a uno de los combates más realistas y salvajes que hayamos podido presenciar – un servidor brinco y se retorció en el asiento como pocas veces puedo recordar – que muestran dos caras de una misma moneda para una sola película.

Que nadie quede atrás…….No puedo terminar sin volver a alabar (si pudiera, escribiría este último tramo de píe) a Mel Gibson. Un cine que apasiona, hace reír, impacta, cautiva, y mantiene al espectador en constante expectativa durante 139 minutos – que se dice rápido – no puede ser casualidad. Hay secuencias que quedan en la retina una vez fuera de la sala (Doss enterrando a un compañero para que no lo vea el enemigo que avanza, rezando para salvar a cada uno de sus amigos, o la mirada de los que siguen vivos gracias a los valores y empuje de un hombre que cumplió todo lo que prometió) adornado con la belleza de la partitura de Rupert Gregson-Williams – el montaje final es de clínex, avisados quedan – para darnos uno de los mejores platos cinematográficos de estas Navidades (dicho por alguien que no ha desgustado el fenómeno Star Wars todavía).

Es su mejor trabajo detrás de las cámaras – junto con Braveheart, no me crucifiquen – una cinta que merece entrar ya por derecho propio en los anales de la historia reciente del cine.

Hasta el último hombre es perfecta en todos sus aspectos (podría criticar sus creencias, y alguna secuencia bélica «hollywoodiense» pero que no desentona en el conjunto en ningún momento). Cruel, emotiva, impactante, indispensable, visceral, bella, poderosa, rompedora y un disfrute de cabo a rabo. Sinceramente, no recuerdo la última vez que abandoné una sala de cine completamente emocionado.

No es una sólo una OBRA MAESTRA. Es como llamamos también al cine: ARTE.

Puntuación: 10/10.