Tiempo.

Un factor que obsesiona al ser humano. Incontrolable, inagotable, inalcanzable……..En torno a él, miles de hipótesis, conjeturas y teorías. Desde Einstein, pasando por Stephen Hawkins o Kip Thorne (este último, principal asesor a la hora de explicar todos los sucesos que ocurren en la última cinta de Nolan). Y un marco idóneo cómo el cine para llevarlas adelante, para abrir la mente del ser humano ante la inmensidad que nos rodea, y plantearnos hipotéticas preguntas sobre el futuro de nuestra raza. Christopher Nolan juega con todo esto. Y sus compañeros de faenas nos ayudan a ser partícipes del viaje.

Bienvenidos al fin de la humanidad.

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Espacio. Creo que estoy ante la crítica más compleja que he tenido que elaborar en los 3 años y medio de esta aventura personal llamada blog. Y no porque tenga dudas sobre mi impresión final – aunque más bien diría sensación o conjunto de sensaciones por la experiencia vivida – sino más bien debido a tener que afrontar con palabras una película que requiere de más de un visionado para admirar la magnitud de la misma. Una película que no puedo terminar de definir de una manera precisa. Nolan construye una castillo de naipes con su habitual rompecabezas mental, mostrándonos las piezas que quiere que veamos, dejando que seamos nosotros los que imaginemos, pensemos o elaboremos nuestras propias respuestas. Pero, sobre todo, el realizador de Origen quiere que usemos nuestra mejor e inagotable arma en la lucha por los nuestros: el corazón.

Aquí es donde tenemos que tener bien clara la línea que establece Interstellar a la hora de presentar a sus protagonistas, los motivos que impulsan sus acciones y las (terribles, en algunos casos) consecuencias de las mismas. Una aventura futurista, de gran envergadura impulsada por sentimientos tales cómo el sufrimiento, la compasión, la entrega o el amor (principal motor de TODO en este viaje), aunque por desgracia haya espacio para la cobardía, la traición o el engaño. En la lucha por nuestra supervivencia – o perduración – cada segundo, cada pensamiento y cada decisión pueden no tener vuelta atrás.

Los valientes. Y esos no son otros que unos elegidos – la palabra afortunados sería irónica hasta decir basta – en cuyas manos ha caído la responsabilidad de una búsqueda en los confines del universo. Nunca antes nos habíamos sentidos tan solos, y la vez tan indefensos e insignificantes. Algo patente en el primer tramo de metraje, el cual le sirve a Nolan para presentar como es debido a nuestros héroes, a la par que implicarnos emocionalmente con ellos, con sus acciones, sus motivos y la justificación de los mismos. Y su capitán de barco es un Matthew McConaughey que a sus 45 años ha alcanzado el mejor momento de su carrera. El bueno de Matt hace suyo a Cooper desde el segundo uno, logrando que el carisma del personaje – algo en lo que el actor si era ya un experto – no rivalice con una personalidad fuerte, luchadora y repleta de humanidad y dedicación plena por los suyos. Atrás quedan los tics cómicos del protagonista de Tiempo de matar, sus miradas o sonrisas de ligón de tres al cuarto para implantar un recital paternal digno del mejor manual de la interpretación. Una cinta que le ha venido como anillo al dedo en este momento de su vida.

La tripulación no tiene nada, pero que nada que envidiar a McConaughey, afianzando las firmes intenciones de Nolan de realizar una cinta en la que los efectos, la acción o la intensidad sirven de acompañamiento a unas interpretaciones dignas de toda alabanza posible. Es su reparto más ambicioso, en cuanto a desarrollo de personajes se trata, de ahí que tengamos hasta ¡¡5!! ganadores del Oscar entre ellos – a Matthew se le suman Anne Hathaway, los veteranos Michael Caine y Ellen Burstyn y un semi-cameo sorpresa que Nolan ha guardado con mucho recelo, dando lugar a una de las mejores secuencias de toda su filmografía – así como la nominada en dos ocasiones Jessica Chastain (amén de John Lightow, Wes Bentley, Topher Grace y Casey Affleck). Para no parpadear.

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Y todos tienen su momento de lucimiento personal, sin querer sobresalir o destacar por encima de sus geniales acompañantes: atención a Hathaway y su conversación con McConaughey sobre una decisión crucial – ¿corazón o cabeza? – Chastain en su primera aparición (sublime sin más), Caine en cada segundo que está en la pantalla (y sobre todo en su último diálogo con Chastain) y McConaughey de principio a fin (aunque su reacción con los mensajes de su familia ya en el espacio son absolutamente desgarradores y repletos de una sinceridad emotiva como pocas veces hemos sentido, capaz de erizar las pieles más duras). Hasta cierta pareja de máquinas protagonistas logran sacarnos las sonrisas en los momentos justos (irónico que los menos humanos sean los graciosos del relato).

Todo es relativo. Por ello Nolan vuelve a deleitarnos con una lección – y van ya……. – de entretenimiento a pesar de tratarse de su cinta más larga (169 minutos, casi 3 horas que no se notan en nuestros traseros en la butaca), con una historia compleja que contiene tramos muy bien desarrollados, pero si cojea (más bien un traspiés despistado) en ciertos momentos en los que las leyes de la física y el espacio, pueden acabar apabullando al espectador más ansioso de respuestas en lugar de explicaciones Froidianas. Christopher y su hermano Jonathan beben de las fuentes del Kubrick más metafórico (por supuesto su 2001 una odisea en el espacio), con algún que otro matiz del Spielberg más emotivo (E.T. por supuesto, y no por los marcianos ojo) a la par que tenso e inquietante (Nolan cita entre sus influencias al Tiburón del Rey Midas de Hollywood…….y viendo las dos secuencias que tienen lugar en mar y hielo, razón no le falta).

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De ahí esta epopeya filosófica y desgarradora sobre las consecuencias de nuestros actos – todo lo acontecido en la Tierra en su primera hora, un planeta lleno de polvo y casi sin alimentos – y las soluciones que trazamos al respecto (la respuesta a nuestra supervivencia no está en nuestro planeta, ya herido de muerte). A esa (extensa) presentación, se le suman secuencias inconfundibles con el sello Nolan que nos dejan sin respiración – ¿recuerdan la suma de sueños del final de Origen? pues vuelvan a tomar aire – y otras de indudable maestría cinematográfica de alguien cuyo techo, de momento, no conoce fin. Gracias a Hans Zimmer por darle vida nuevamente a la imaginación de Nolan. Me inclino ante tu talento infinito.

El viaje interespacial de Nolan es una de las experiencias de este 2014. Y por experiencias les hablo de acudir a una sala de cine y dejarnos llevar hasta el límite de nuestra percepción más intensa por lo que vemos en la gran pantalla. Esa clase de experiencias que dejan sin aliento, de las que hablamos durante días – adoro que una cinta me haga pensar, que salga de la sala y debata con mis acompañantes sobre la misma sin parar – y que, con el tiempo, deseamos vivir de nuevo a sabiendas de su resultado final.

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Precisamente la palabra más implicada en el último Nolan y en lo plasmado aquí: tiempo. Será nuestro compañero de fatigas en la vida el que dictaminará si Interstellar es una cinta de ciencia ficción más, o ha logrado quedarse en el recuerdo como una de las cintas más recordadas de Kubrick ya nombrada antes (y que, curiosamente, vista hoy en día es más plausible la complejidad de la misma en la fecha de su estreno).

Les dije que no sabía cómo afrontar con palabras esta cinta. De momento me quedo con otra obra maestra de Nolan, repleta de belleza y cautivación. Creo que es más que suficiente.

Puntuación: 9,3/10.

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