Bienvenidos a Moscú, Rusia.

Pasen y vean señoras y señores, pasen y vean. El gran circo ha llegado a la ciudad. En la pista central tenemos al inigualable – y ya algo viejo – John McClane, un Bruce Willis que viene dispuesto a hacer de las suyas en territorio extranjero. Viene de vacaciones pero el espectáculo lo trae consigo. Coches volando, explosiones por doquier, saltos imposibles, helicópteros haciendo piruetas, disparos a mansalva, y algún que otro rasguño es lo que contiene nuestro show. Esto es La Jungla (por quinta ocasión).

Si hay un personaje por el que será recordado Willis es este poli socarrón de chiste fácil que siempre anda metido en problemas en el momento más inoportuno y en el lugar adecuado (no lleva ni 20 minutos en la capital Rusa cuando se monta el tinglado).  Veinticinco años ya desde que lo vimos en el Nakatomi Plaza solo, descalzo, en camisa de asillas y sin parar de fumar eliminando uno a uno a los secuaces de un malo muy malo llamado Hans Gruber (luego me centro en ellos tranquilos). Una de las mejores cintas de acción de los ochenta – y diría que de la historia – que nos descubrió a un Willis para todo, y a este McClane. Sus bodas de plata son la versión más light de esa cinta. Una saga que acusa el desgaste de los años y de los tiempos que corren. Mantiene la esencia, pero por momentos. Es McClane descafeinado.

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Acción. Mucha, muchísima. Ruido, autos de choque por medio Moscú y unos personajes que parecen meros muñecos en coches de prueba. Cuánto más salte todo por los aires, más fuerte sea la explosión y todo lo que destrocen por el camino mucho mejor. John Moore y el guionista Skip Woods se equivocan por completo. La acción no tiene que estar reñida con una buena trama/historia. Las entregas previas contenían grandes set-pieces – fantasmada en cada una incluida – pero McClane & company no era meras comparsas al compás de un realizador que los manejaba como marionetas a su antojo para su diversión particular. Ya no hay rastro de ese cowboy solitario, la leyenda del poli solitario, el hombre que no obedece a normas ni cánones establecidos……lo suyo es sobrevivir, y con chulería. Un antihéroe acompañado.

Soy un nostálgico que quieren que les diga. Así que los ojos con los que veo a este poli de humor rápido no son los mismos de alguien que no ha vivido sus aventuras a lo largo de estos 25 años (he visto todas en el cine desde la segunda, y en todas salía con una sonrisa de oreja a oreja). Por eso me duele ver al manazas de Moore haciendo lo que le viene en gana con Willis y su acoplado ¿e innecesario? hijo (Jai Courtney que cumple y punto) como si fueran monos de feria. Y no me sirve la excusa de que es la acción en los tiempos que corren: vean la quinta entrega de Fast and Furious por ejemplo (Justin Lin si sabe hacer acción), el último Bond e incluso la cuarta Jungla en plena era cibernética (con Willis destrozando helicópteros con coches porque se había quedado sin balas…..ese SÍ es McClane en estado puro). Una puesta en escena tan plana como sus personajes, con demasiado ruido y casi nada de nueces.

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Y si a McClane le bajamos el azúcar, entonces mejor ni hablar del villano de cartón piedra. Si había algo ejemplar en las entregas previas era que cada malo malote al que McClane cabreaba en todo su esplendor tenía algo que lo hacía único. El carisma de Rickman en la primera (un actor inglés que ¡¡debutaba en el cine!!), la presencia y fuerza de Sadler en el aeropuerto de la dos, la ironía de Irons en la tercera……vale, el de la cuarta también daba pena pero al menos Bruce no estaba a medio gas como en esta ocasión. ¿De verdad no hay actores de renombre dispuestos a pasar un buen rato oyendo los chistes de un McClane casi sesentón ya? Bueno, Sebastian Koch no está mal en esta cinta todo hay que decirlo – especialmente en su tercio final – aunque suena a coña ver a un alemán (los villanos de otras entregas) haciendo de ruso.

Un último tercio donde recuperamos parte del mejor McClane. Hasta entonces un viaje rápido por carretera en el que no se había dejado asomar. Y aquí aparece el Willis de la mala uva, de los apodos, de las decisiones extremas tomadas con sarcasmo, del ‘yipi ka yei’ hijo de puta…….es más, se le perdona toda la que monta para salir ileso con esa sonrisita tan característica incluso haciendo bromas de todo. Aquí estás John. Por fin (posiblemente uno de los mejores momentos McClane de toda la saga lo tiene al final, puro rencor y cinismo junto).

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Un buen día para morir es de consumo rápido (98 minutos que pasan volando todo hay que decirlo, y directos al grano). Pero habrían estado mejor si estuvieran más cargados de mala leche, violencia – cuando la hay es salvaje, pero escasa, dejando lo que es acción a todo lo que rodea a los personajes – un villano de mejor categoría, y de más (mucho, muchísimo) más McClane. Y de un realizador que entienda que la acción no tiene que ser necesariamente todo lo que tiene lugar alrededor de los protagonistas, sino los protagonistas en sí (joder que en la primera Willis se pega media peli fumando y hablando por walkie talkie).

Como fan incondicional de Willis he pasado un rato entretenido. Como seguidor de McClane lo he visto desgastado ¿o poco aprovechado debería decir? A lo mejor con el paso de los años esta cinta, en conjunto con todas, adquiere la categoría que tiene hoy por ejemplo la tercera parte (y que no me venga algún listo diciendo que en el 95 ya lo era).

Hasta entonces me resisto a creer que he visto el último Yipi ka Yei de este personaje que, mejor o peor, es Willis por excelencia.

Puntuación: 6/10

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