Con Quentin Tarantino no hay gama de colores posibles. Es o blanco o negro. No hay grises. O le amas, o le detestas. Si asistes a una de sus películas hay dos opiniones posibles: lo ha vuelto a hacer o ha metido la pata hasta el fondo. Tras más de 20 años en la palestra y 8 películas en su haber – ocho magníficos personajes para su octava obra – nadie puede llevarse a sorpresas/sustos a estas alturas. Algunas de sus cintas, incluida ésta, se dividen en actos. Actos de genio, de loco, del bien y del mal (más de este sobre todo) que le han llevado a donde se encuentra siempre que proyecta su nueva cinta en un cine: el ojo del huracán.

The hateful eight es Tarantino en estado puro. Sin adornos, sin concesiones, sin florituras innecesarias. Una obra teatral en pantalla gigante que no podrá dejar a nadie indiferente (en un extremo o en otro, en el blanco o en el negro).

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Camino a Red Rock. Quentin estuvo a punto de no llevar su octava cinta. La ya más que nombrada filtración del guion (inicial) a principios de 2014 provocó tal cabreo en el realizador – cosa muy habitual en él – que renunció a llevarla adelante. Una posterior lectura de dicho guion en público, con la mayoría del reparto inicial y que finalmente también saldrían en la película, le hizo cambiar de opinión. El entusiasmo recibido fue tal, que Quentin tenía que – ¿o necesitaba? – enseñar a todo el mundo a sus ocho odiosos. Gracias a Dios que cambió de parecer. El camino a Red Rock que hacen los protagonistas en caravana es tan duro como el proceso por el que pasó el creador de Pulp Fiction para plasmar con todo lujo de detalles el frío Wyoming tras la Guerra de Secesión. Una caravana que nos presenta a 3 de los odiosos abre la cinta más larga de su filmografía: John Ruth (magistral y despiadado Kurt Russell) lleva a su prisionera Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) a Red Rock para que sea ahorcada por sus crímenes, y dedicen recoger al cazarrecompensas y ex combatiente el Mayor Marquis Warren (Samuel L.Jackson). Es el inicio de un viaje con dos posibles destinos: el pueblo comentado de Red Rock, o el infierno.

Un infierno en forma de mercería en medio de ninguna parte. Tras este extendido – y, quizás, menos interesante de todo el metraje – prólogo, donde se les une el cuarto odioso, el futuro Sheriff Chris Mannix (Walton Coggins), la llegada al lugar principal de la obra en sí abre paso al show Tarantiniano. Cuatro personajes más – un vaquero (Michael Madsen), un inglés refinado (Tim Roth), un mexicano (Demian Bichir) y un ex general confederado (Bruce Dern) – hacen que la partida esté lista, con todas sus fichas preparadas para la acción. El encierro obligado en dicho lugar por una tormenta de nieve hará que tengan que conocerse, intentar «llevarse bien» e incluso descubrir algún que otro secreto……

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Sin tiempo para presentaciones. El cine de Tarantino solo se puede comparar con el cine de un autor: el propio Tarantino.  Es su peor enemigo. Nadie podrá decir que The hateful eight (disculpen, pero es que Los odiosos ocho me chirría por todas partes) es mejor/peor que una cinta de John Ford o Clint Eastwood (en su vertiente Western, por supuesto). Gustará más o menos que Malditos bastardos, Kill Bill y sobre todo Django desencadenado (por eso de estar situado en el mismo universo paralelo que la cinta de Jamie Foxx y Leonardo DiCaprio). Con las primeras imágenes de la cinta – la fotografía de Robert Richardson es desgarradora, da frío con solo ver esos parajes nevados – y los créditos de la cinta (todo un clásico ya en la obra de QT, al igual que lo son los de Woody Allen) la partitura del maestro Ennio Morricone nos avisa de la que se nos viene encima: desconfianza, tensión y traición. Son el atrezzo de dicha obra teatral – no me cansaré de catalogarla como tal – en la que los requisitos Tarantinianos se cumplen de principio a fin:

  1. Diálogos extensos, mordientes y repletos de chispa, humor en ocasiones y mala leche (en versión original escucharán muchos motherfucker y nigga).
  2. Personajes sin escrúpulos, dispuestos a cualquier cosa por salirse con la suya.
  3. Violencia sin mesura – aquí más limitada al existir menos personajes nada más – y desproporcionada, en muchos casos sin previo aviso (oh yeah).
  4. Tensión constante, situaciones límite que siembran la duda al espectador: ¿saldrá bien o quedarán todos como el rosario de la Aurora.

Es en este último punto dónde The hateful eight sale más victoriosa que (casi) cualquier obra previa de su realizador/guionista. Quentin nos ofrece unos personajes cuyas intenciones nunca quedan claras, o cuando parecen estarlo no estamos seguro de si mienten o no. Hay algo que no se le puede negar NUNCA: provocarnos nervios, tensión en momentos en los que puede ocurrir de todo. Quien está del lado del bien – si es que los hay – quien del mal, quien trama algo, quien no…….los ocho odiosos generan desconfianza de manera perpetua y a medida que van siendo eliminados de la ecuación final nuestras sospechas se llenan más de interrogantes que de posibles respuestas. Es una obra de Agatha Christie pasada por el filtro del guionista de Reservoir Dogs (otra cinta en la que, durante la mayoría del metraje, sus personajes están encerrados en un lugar sin fiarse unos de otros).

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El desfile de Daisy. Quentin Tarantino es uno de los mejores directores de actores que existen hoy en día. Sin más. Sus diálogos son «escupidos» con veracidad y convicción por todo el reparto – se plasma la diversión con la que lo hacen – dando lo mejor de sí en todo momento. Desde el ya nombrado Roth (que seguramente en versión original se deslumbrará mejor ese diabólico acento británico – Bichir (cuyo aspecto y ropajes nos provocan un miedo primitivo a lo desconocido), el veterano Dern (un declarado general contrario a la ley de emancipación creada por Lincoln, lo que viene a ser un racista de tomo y lomo) o Madsen (el personaje menos extendido y aprovechado de la obra, pero en el rostro de un actor que puede ser capaz de ser un Señor Rubio o el bondadoso hermano de Wyatt Earp). En el otro extremo encontramos los recién llegados: desde el malhablado y despiadado Ruth en la piel de un exquisito Russell (atención a su reacción cuando le enseñan algo que estima mucho, o su expresión al descubrir algún que otro secretito…..), pasando por el ¿sheriff? Mannix (un reinvindicativo Coggins, digno de todos los elogios posibles) y el siempre eficaz Samuel L.Jackson (ese primer plano suyo sentado sobre sus recompensas, pasando por sus pesquisas en la cabaña, su conversación íntima con Dern…..todo es bueno en Jackson, como de costumbre).

Todos tienen algo en común: bailan al son de la bastarda odiosa más divertida salida de la imaginación de Tarantino. Lo de Leigh cómo Domergue es de traca. No hay momento suyo en la pantalla que no provoque nuestra atención, nuestro foco en ella. Su recuperación para la gran pantalla solo es posible de la mano de un genio de la realización cómo Tarantino (¿recuerdan los casos de resucitación de John Travolta, Bruce Willis, Pam Grier, David Carradine o Don Jonhson entre otros?). La prisionera es uno de los mejores personajes jamás creados por Quentin, tan atractiva interpretativamente hablando cómo malvada, una delicia en manos de Leigh que no desaprovecha la oportunidad en ningún momento. Desde todas sus interacciones con el personaje de Russell – y que suelen acabar de la misma manera, con un sola excepción – pasando por su diálogo a dos bandas con dos de los odiosos (que no desvelaré) hasta cuando entona de manera brillante (y jodidamente diabólica) con la guitarra – la cual aprendió a tocar expresamente para esa secuencia – ese Jim Jones at Botany Bay (algo así como cuando el Coyote se relame con sus trampas esperando al Correcaminos). Un solo Oscar para Leigh sería hacerle muy poca justicia, casi tan poca como la que merece su Daisy Domergue.

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Nadie viene aquí sin una maldita razón. Solo una es suficiente. Y es que Tarantino nos ofrece su película más compleja de realizar: capturar al espectador durante casi 3 horas en (prácticamente) un mismo escenario, e ir desplegando las cartas cuando va estimando conveniente. De ahí lo que no he parado de repetir, su comparación con una obra teatral. Un escenario principal, ocho actores y una serie de situaciones límite. Una película que, a medida que recordamos tras su visionado, es más y más atractiva (no veo la hora de disfrutarla de nuevo, una vez descubiertos todos su matices). De ahí que haya evitado en la medida de lo posible hablar de la misma más de lo necesario (les habría avisado, tan odioso no soy), para que cuando uno se enfrenta a ella por primera vez «sufra» lo que yo he «sufrido» (¡¡bendito Quentin!!).

Sus mordientes diálogos – el monólogo de Jackson es de lo mejor que ha escrito, tan fuera de tono con la cinta cómo despiadado en su resolución, digno de aquel pasaje de la Biblia de su Julius – su humor ácido (más comedido, les hablamos de su obra más «seria» e impredecible), la incoporación por primera vez en su carrera de una partitura original (en pie para recibir a Mr. Morricone por favor) y su excelencia narrativa, hacen de The hateful eight una película que solo podrán odiar los que no son capaces – o no quieren – disfrutar del único odio posible en la sala: el que tiene lugar entre los protagonistas.

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No pienso ni preguntarme el por qué ha sido discriminada en la carrera final de premios del reciente finalizado 2015. Asistir al cine de Quentin es asistir a SU show particular, SUS reglas, SU universo paralelo, SU estrafalaria visión narrativa y SUS constante excesos (tanto en el libreto cómo en el aspecto visual). No hay nadie igual que él. Odíenle o quiéranlo. Allá cada uno/a.

Su eslogan ya lo dice bien claro: nadie viene aquí sin una maldita razón (¡¡Amén!!). Entrar en una sala de cine a ver la nueva película de Q.Tarantino es un jodido motivo más que suficiente ¿no les parece?

Puntuación: 8,8/10.

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