A 225 millones de kilómetros se encuentra el Planeta Rojo, Marte. Un planeta «similar» a la Tierra y del que siempre se ha sospechado que ha podido albergar – o alberga – vida. Un filón para el cine de Ciencia ficción, el cual ya ha pisado sus llanuras en varias ocasiones sin pena ni gloria (Planeta Rojo, Fantasmas de Marte o Misión a Marte). Ha tenido que llegar un todoterreno (en horas bajas, eso sí) del género cómo Ridley Scott para ofrecernos la que es, hasta la fecha, la cinta definitiva sobre el planeta vecino.

Marte es un prodigio del Siglo XXI, una cinta de aventuras en esplendor, con un reparto que da lo mejor de sí para traernos una excusa o recordatorio de porqué vamos a una sala de cine. Scott da a sus 78 años una lección de dirección pocas veces vista – aprende, James Cameron, sin necesidad de tirarse una década para ello – y logra que el espectador todavía se sorprenda, se emocione y disfrute ante lo que nos plasma.

Es cine, puro y simple séptimo ARTE.

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El único superviviente. La cinta no se anda con rodeos: un breve prólogo nos deja al astronauta Mark Watney – APOTEÓSICO Matt Damon – abandonado a su suerte en el planeta rojo, tras un desafortunado incidente. Aquí es donde empieza el show Damon/Watney: durante los casi 144 minutos de metraje – que no pesan, sino que devoramos con placer deseando que no terminen – el actor hace uso de su humor, sarcasmo, inteligencia (resignación a veces) y, sobre todo, un impresionante optimismo para sobrevivir en un lugar cuyas condiciones acabarían con cualquier ser humano en un abrir y cerrar de ojos. Mediante videoblogs, el astronauta nos cuenta cada uno de sus avances en primera persona, con toda clase de opiniones personales que hacen que su «estancia» sea lo más llevadera posible. Lo dije cuando publicamos las primeras imágenes de la cinta y, a posteriori, el tráiler: si Damon explotaba esa vena socarrona vista en pocas ocasiones – miren la trilogía Ocean’s Eleven como ejemplo –  que decían que tiene el Watney escrito por Andy Weir, posiblemente nos encontraríamos con una de las mejores facetas de un actor que solo puede ir a más, y que domina un personaje desde el primer fotograma.

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¿Son capaces de imaginarse a Jason Bourne sin Damon? Pues esto mismo sucede con el bueno de Mark: el actor nos conquista desde que descubre su abandono, unos primeros minutos sin diálogos no exentos de dolor, y que gracias a la actuación de Damon lo vivimos en su piel gracias a la capacidad de empatía emocional que nos transmite. A partir de aquí tenemos el Lado A de la cinta, aquel en el que deseamos que pisemos Marte para ver que está haciendo Watney. Sus dotes botánicas nos suministran un manual de supervivencia con una base científica – demostrable o no, no pienso entrar a debate – tan bien elaborada como explicada. Damon nos da un recital de cabo a rabo, desde humor e ironía (cierta conversación con la Tierra, cuando nos cuenta la elaborada selección musical que tiene o el resultado de alguna prueba fallida), vulnerabilidad (durante el intento de rescate final, el cual no desvelaré por supuesto, y en el que vemos al fin cómo se desmorona esa carcasa de resistencia casi indestructible) y optimismo (lo deja claro en el primer minuto: no voy a morir aquí).

Si Johnny Depp se llevó nuestro corazón cuando Jack Sparrow piso puerto por primera vez, Damon llena nuestra alma con cada paso que da SU Mark Watney para sobrevivir. BRAVO Matt, bravo.

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Houston, tenemos un problema. De la supervivencia de Damon – al que puede recordar el Naúfrago de Tom Hanks pero sin Wilson y mucho más parlanchín – pasamos a sus compañeros terrícolas, el Lado B de la cinta con un elenco que quita el hipo y del que resaltan una siempre agradecida Jessica Chastain – repitiendo Ciencia Ficción y algún compañero de reparto tras Interstellar – un Jeff Daniels más riguroso y estricto de lo que nos tiene acostumbrados (a no ser que hayan visto The Newsroom), y un Sean Bean completamente humanizado, algo que el actor cuando ha demostrado no ha salido «bien parado» (menos mal que aquí no es el caso).

Todas las posibles soluciones a las que el equipo de la NASA – por cierto, muy bien promocionada en la cinta, un panfleto universal de propaganda en el mejor momento posible tras el descubrimiento de agua precisamente en Marte – hace frente, son una carrera contrarreloj para intentar devolver a su solitario hombre con nosotros. Cada día, semana o mes se respira en el ambiente, se palpa en cada conversación (sobre todo las que van a tres bandas entre Daniels, Bean y Kristen Wiig) y cualquier decisión errónea pueden acabar con las esperanzas de un hombre que hace todo lo posible…….hasta cierto punto (a Damon sólo le queda volar). El contraste de ambos Lados ya nombrados – con una cuidada selección musical de los 70, algo por lo visto mencionado en la novela de Weir – nos proporcionan un trepidante viaje de ida ¿y vuelta? del que no queremos escapar, una aventura en mayúsculas de supervivencia repleta de humanidad, buen humor, sufrimiento, superación y optimismo (no me cansaré de repetir esta palabra).

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Ayuda en camino. El capitán de todo esto es un Scott que surge de sus cenizas como ave Fénix para darnos su mejor cinta desde Gladiator – y olvidar sus últimos desastres cómo El consejero, Prometheus o la irregular Éxodo – y una de las mejores de este 2015, impecable de principio a fin: desde la trepidante y a la par cautivadora partitura de Harry Gregson Williams, pasando por la fotografía de Dariusz Wolski (de ahí que nuestro planeta se parezca TANTO a Marte), el montaje del habitual de Scott, Pietro Scalia – alternando a Damon con sus compañeros de reparto – y la adaptación de la novela de Andy Weir por parte de Drew Goddard, respetando dicen, tanto el espíritu de los personajes cómo los detalles científicos – menos engorrosos en la cinta – y hasta la música (ya tengo la novela en mi lista de libros pendientes).

Estamos de enhorabuena. Los amantes de la ciencia ficción recuperan al auténtico Scott, aquel que puso este género en auge gracias a Alien o Blade Runner – quien lo diría en 1982 tras su fiasco en taquilla – y los del cine tenemos en bandeja una cinta indispensable, imperdible y un pecado no ver en una sala en todo su esplendor. En estos últimos años, varias de las mejores obras vistas en una sala pertenecen a este género (el año pasado la nombrada Interstellar y el anterior Gravity), por lo que algo debe estar pasando en Hollywood para que su escases de ideas – remakes y refritos – tenga que verse compensada con obras de este calibre.

THE MARTIAN

Gracias a Dios – o mejor dicho al trío Damon/Scott/Weir – Marte se convierte por derecho propio en un espectáculo cinematográfico desgarrador, una obra maestra que el tiempo, espero, ponga en el lugar que le corresponde (cómo ha ocurrido precisamente con Blade Runner).

Puede que la ayuda para Watney esté a 225 millones de kilómetros, pero a nosotros nos queda algo más cerca disfrutar de una película majestuosa (he aplaudido hasta con las orejas).

¡¡¡Bravo!!!

Puntuación: 10/10.

Marte