En un futuro hipotético, las coincidencias podrían dejar de existir. Quizás todo lo que recordemos sea solamente fruto de nuestra imaginación. Imaginación que evoca imágenes, sentimientos y sensaciones que ¿jamás? tuvieron lugar y que sirven para alimentar un deseo por lo inalcanzable. Un momento, un segundo fugaz o un lugar perdido podría servir para crear la percepción de que, a lo mejor, tales sueños no son únicamente una vía de escape nocturna frente a nuestra mundana vida presente. En ese preciso momento nos repetimos la pregunta ¿creemos en las coincidencias?

El realizador Joseph Kosinski con su segundo largometraje – el primero fue ese Tron Legacy el cual no me cansaré nunca de magnificar como se merece – elabora una epopeya de ciencia ficción en toda regla cuyos aires de grandeza se respiran desde el primer fotograma hasta los (geniales) créditos finales. Su innegable pulso narrativo es constante, con secuencias que demuestran (por si existieron dudas) de que estamos ante uno de los directores más prometedores y visionarios de su generación. Para ello se ha rodeado de lo mejorcito de Hollywood, tanto en los departamentos técnicos y artísticos como en los de actuación.

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Es en su principal protagonista, Tom Cruise, en el que radica el poder de esta producción futurista con tintes Kubrickianos (menudo término me acabo de sacar de la manga) y la estrella de Mision Imposible confirma su excelente estado de gracia en la gran pantalla. La duda que uno tiene es ¿realmente es necesario tantos primeros planos del actor? ¿no nos ha quedado claro que es una peli de Tom, para Tom y con Tom? A sus recién cumplidos 50 años su profesionalidad y grado de versatilidad tienen poco que discutir: en año y medio le hemos visto coronar el edificio más alto del planeta (Mision Imposible IV), dar el do de pecho ochentero (Rock of Ages) y buscar a un asesino (Jack Reacher) para regresar a un género que no abordaba desde hacía una década con (la cada día mejor) Minority Report.

No sabemos si Kosinski rinde su talento a su principal protagonista – el cual siempre ha destacado por su profesionalidad y grado de implicación en sus proyectos – hasta el punto de dejar que sea Cruise el que fluya con la historia en lugar de hacerlo al revés. Si su Jack Harper fuera estableciendo los cánones de este tipo de producciones en lugar de avanzar – de manera torpe en ciertos momentos, como esa secuencia de «amor» inicial, o lo reiterativo de su «sueño» – con la historia, quizás este Oblivion podría presumir de esos aires de grandeza que antes he comentado. Quiere ser más de lo que acaba siendo, y aún con esas tenemos una de las propuestas de ciencia ficción mejor elaboradas de la última década (junto con el último Star Trek y curiosamente ese Tron Legacy también de Kosinski) y posiblemente de este 2013. Veremos si el tiempo la trata bien.

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Pero Cruise necesita apoyo. Y gracias a esa necesidad de acaparar en ciertas ocasiones el 99,9% de un film puede acabar logrando que los secundarios brillen en sus escasas apariciones. No voy a rendir homenajes ni alabanzas a Morgan Freeman. Su carrera habla por sí misma. Prefiero centrarme en la presencia arrebatadora de Olga Kurylenko, capaz de robarle tantos planos al protagonista de Top Gun como momentos aparece en pantalla (atención a la conversación con Cruise en «su lugar íntimo»). Consciente de la cinta en la que se encuentra, Kurylenko borda una actuación repleta de matices tanto emocionales como físicos, con una capacidad de cautivar al espectador en todo momento. Es la pequeña sorpresa de la cinta. No por ello la actriz británica Andrea Riseborough se queda atrás (su mirada impávida, que puede ocultar tanto el deseo como la traición). Y un Nicolaj Coster-Waldau cuya aureola de ‘Matarreyes’ no le hace ningún bien (por un momento pensé que iba a empujar a algún niño por una ventana).

Cuando Tom acapara la cinta, los secundarios – si son listos – exprimen las secuencias que se les han otorgado. Y cuando Tom deja espacio para los demás (ese Rock of Ages infravalorado, el último Mision Imposible o duelos con Colin Farrell, Cuba Gooding Jr., o Jack Nicholson entre otros) saca a relucir su mejor vena interpretativa. Es, sin atisbo de duda, una de las mejores estrellas que ha parido Hollywood.

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Visualmente impecable, con planos que dejan sin respiración a la platea y unas set-pieces de acción/tensión escasas pero que uno saborea en todo su esplendor cuanto tienen lugar, este Oblivion provoca una sensación de requerir una segunda visión para disfrutarla como se merece. Algo que ayuda la banda sonora de los desconocidos M83, una de las mejores composiciones realizadas para una película de este nuevo siglo (y no digo la mejor, porque sería fruto de la emoción momentánea), lo que demuestra que lo de Kosinski no es una mera casualidad. Es un genio en lo suyo, y temo que no se le pueda reconocer como se merece.

Con menos Cruise (y más Kurylenko), un ritmo menos pausado en determinados momentos (¿una piscina?) y con un guion que hubiese tenido alguna revisión ocasional – la idea funciona como nunca, pero no termina de estar bien plasmada porque una cosa es el papel y otro la pantalla – Kosinski tendría la cinta épica que apreciamos en muchos momentos a lo largo de sus 126 minutos (15 menos y nadie diría nada).

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La grandeza de algo debe medirse por los momentos en los que nos quedamos momentáneamente sin respiración. Oblivion posee esa grandeza – no la que pretenden Cruise and company – y sirve un buen plato de ejercicio intelectual bien narrado, incluso con sus pequeñas fisuras (hacía tiempo que no salía de una sala reflexionando sobre lo que acababa de presenciar).

Lo de Joseph Kosinski es un sueño por el que merece la pena luchar. Y este Oblivion no es, definitivamente, ninguna casualidad.

Puntuación: 7,7/10.

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