Historia. Leyenda. Tragedia. Son las tres palabras que mejor definen el acontecimiento que tuvo lugar el 24 de Agosto del año 79 después de Cristo – aproximadamente según unos antiguos relatos – en la ciudad italiana de Pompeya, muy cerca de la actual Nápoles. El volcán Vesubio la enterró durante siglos en uno de los mayores desastres naturales jamás acontecidos por el hombre. Fuego, lava y caos fueron el punto y final a una ciudad que respiraba el ambiente de una Roma dueña de medio mundo en aquella época.

Dicho acontecimiento (muy libremente adornado) llega a la pantalla grande con dos grandes preguntas en el horizonte: ¿Por qué, con los avances tecnológicos de los que disponemos, se ha tardado tanto en contar esta historia nuevamente? ¿Y por qué ha tenido que llevarlo adelante Paul W.S. Anderson y no otro?

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Gladiadores en la lava. No me entiendan mal. La labor de Anderson la podríamos calificar a la altura de sus mejores «obras» (entiéndase cintas cómo la recomendable Horizonte Final y la violenta La carrera de la muerte), claro que si nos fijamos que su filmografía cuenta con «maravillas del séptimo arte» cómo la saga Resident Evil, Alien vs. Predator o Los tres mosqueteros – por la que Dumas debe continuar revolviéndose en su tumba – este Vesubio es de lo mejorcito que ha gestado con sus humildes limitaciones. Y eso es un arma de doble filo para una cinta de tales características: Serie B, pero apurando el máximo todo lo disponible – de ahí el reparto de secundones de lujo o guapos de turno – en lo que prima el espectáculo visual, todo ello muy adornado en un marco romano que parece recién sacado de la serie Spartacus, pero sin la sangre heredera de 300 ni el sexo tan implícito mostrado en la famosa serie (y muy habitual en la cadena HBO).

Una cadena que nos ha brindado joyas como la muy actual Juego de Tronos, de la que emerge el protagonista de esta historia, el musculoso Milo al que pone rostro – y voz muy macho sea dicho de paso – un Kit Harington que aprovecha su tirón de Jon Nieve en la serie (uno de los mejores personajes todo hay que decirlo), sobre todo entre las féminas (luce y mucho la tableta de chocolate). Harington es consciente que este Pompeya es la versión televisiva de lo que fueron en su momento Titanic o Pearl Harbor, es decir, grandes tragedias que sirve de trasfondo para contar la típica historia de amor imposible. De ahí que al guaperas británico le acompañe otro bello rostro actual, el de la australiana Emily Browning – romana con acento a canguro – y es en torno a ellos donde giran los actores más experimentados dándose un festín de diversión (= me lo paso pipa porque aquí lo que importa es cuando mete el petardazo el volcán).

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Calles del infierno. Hasta el momento cumbre de la cinta, el espectador tendrá ocasión de disfrutar del desfile de actores/actrices que pasan por una cinta – rápida, con un ritmo adecuado para esta clase de producciones – con estereotipos que encajan a la perfección en esta Pompeya: la pareja de nobles venidos a menos, y padres de la protagonista (Carrie Anne Moss y Jared Harris), un gladiador rudo a punto de ser libre con una relación amor/odio con nuestro protagonista (Adewale Akinnuoye-Agbaje, haciendo del colega de Russell Crowe en Gladiator) y, como era de esperar, un malo muy malo que solo está para hacer la puñeta aun cuando la capa de seda se le queme en las brasas del recién renacido Vesubio (un Kiefer Sutherland con acento británico imposible, pero relamiéndose en las mieles de un villano al que hacía tiempo no probaba). Este tan variopinto grupo vivirá la tragedia, el amor, la lucha, la traición, la lealtad y la amistad en las faldas de un volcán que es el epicentro de esta (sub)producción.

Ante los excesos de esto me suena a…… que vamos viviendo, uno acaba perdiendo interés en el devenir de los protagonistas (vale, queremos que el malo muera y los buenos vivan pero tampoco derramaremos una lágrima por ellos), por lo que las marionetas interpretativas de Anderson acaban siendo eso, simples marionetas en una representación teatral con un presupuesto lo suficientemente ajustado para recrear el brutal acontecimiento sin dejar de lado detalles (se echa en falta más visceralidad en la puesta en escena, algo habitual en la filmografía del director). Y ese es el otro lado de esta arma de doble filo: cumple su propósito, uno sale de la sala con las expectativas cumplidas pero con esa pregunta rondando en su cabeza ¿qué habría hecho con este material un realizador de más renombre, más presupuesto y rostros que no sean simples excusas para llegar al punto álgido de la producción?

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Cenizas. Un comienzo que impacta – con esos cuerpos en cenizas encontrados de las víctimas, una de las imágenes por excelencia de la historia antigua del hombre – y un epílogo que se alza como lo mejor de la cinta (y el momento más humano de todos) son el balance de una cinta que entretiene en todo momento, pero plana en sus intenciones ante lo que nos acabamos encontrando: un espectáculo visual limitado – no por ello malo ojo ni mucho menos – muy bien acompañado musicalmente (la partitura del desconocido Clinton Shorter muy a lo Hans Zimmer eso sí) y adecuada para estos primeros meses del año.

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Lo que para Anderson es su Olimpo, para un Cameron o un Nolan serían las cenizas de sus películas. Son los tiempos que corren y, sobre todo, las opciones con las que cuenta cada uno en la vida. Todo es cuestión de aprovecharlas. Uno nunca sabe cuándo su Vesubio particular puede estallar enterrando para siempre con todo rastro en este mundo de sus acciones……..

Puntuación: 6/10.

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