Y es que si algo funciona en Hollywood, la fórmula es repetirla lo más pronto posible, antes de que la gente se olvide de que trataba la primera parte (o segunda y tercera en algunos casos). Una comedia con un presupuesto ridículo para los que se manejan hoy en día, 3 actores prácticamente desconocidos, pero con un argumento tan sencillo como efectivo (y tremendamente divertido hasta la médula) logró alcanzar la nada despreciable cifra hace 2 años de 460 millones recaudados en todo el mundo.  Disparados sus 3 protagonistas a la fama, sobre todo Bradley Cooper por su carisma y presencia en pantalla y Zack Galifiankis, el director Todd Philips no tardó en elaborar un guión que contiene más de lo mismo, con un mayor presupuesto pero en otro país y con la esperanza de recaudar tanto como su predecesora para elaborar una más que posible tercera entrega (ya se están cociendo las ideas sobre tal secuela en los estudios de la Warner).

Resacón 2 es otra resaca tan divertida como la primera, pero sin la frescura de su predecesora. Ese cambio de aires de la siempre visible Las Vegas, ciudad por excelencia de las despedidas de soltero americanas, a Bangkok ya hace que la película pierda algo de fuelle. Y el trailer y los carteles promocionales ya desvelan más de lo que deberían sobre lo que les sucede a los protagonistas tras otra noche de desfase por el……..!ups! casi revelo algo de la trama. La idea y línea argumental es exactamente calcada a la primera resaca: 3 amigos de los cuales uno se casa, uno que viene «acoplado» a última hora, una noche más loca de lo habitual y un despertar en el que deberán recomponer las piezas de tal locura extrema para recuperar a una persona extraviada. Esa originalidad sencilla que tan bien funcionó en Las Vegas aquí carece de sorpresa. Sobre todo la sucesión de desafortunados incidentes a los que son sometidos su trio protagonista (sobre todo uno en particular) no tienen en ocasiones una conexión clara, sino que son como ideas y chistes sueltos con el mero objetivo de sacar la sonrisa del espectador, y no tanto la carcajada.

Pero agradezco la falta de tapujos a la hora de contar los incidentes (variados y muy,muy salvajes) que transcurren delante de nuestros ojos. No parece que aprendan y tropiezan con la misma piedra. Ese estereotipo de personas desgraciadas en el peor momento y en el peor lugar (y más en Tailanda) es creible gracias a estos amigos tan dispares como incansables. Aunque carezca del peor error en una secuela que consiste en dar más de lo mismo, y por lo tanto, sentarse en una sala ya sabiendo de antemano todo lo que vamos a ver, al menos en su linea argumental, la risa está asegurada. Y cuando en su último tramo pierde intensidad para la resolución de la historia, es cuando nos encontramos con un cameo inesperado. Lástima que el de Mel Gibson como tatuador fuese suprimido por razones las cuales aquí no voy a entrar.

La sesión de fotos final sobre su noche de desmadre ya de por sí vale el precio de la entrada. Ya nos encontramos con una en su primera borrachera, pero aunque ya no tenemos esa sorpresa, si tenemos unas imágenes tan politicamente incorrectas (demasiadas para tratarse de Estados Unidos) como divertidas a más no poder.

Puntuación: 6/10