Dicen que el ser humano no está, por naturaleza, preparado para pasar toda su vida- o al menos gran parte de ella – al lado de la misma persona. Que no está en nuestros genes la monogamia. Somos animales, nos guste o no por creernos la cúspide en la cadena alimentaria. Sigo con mi vena bióloga introductoria: la hormona que nos produce la sensación de estar enamorados se ha estudiado en numerosas ocasiones, y dicen que su tiempo de duración es de unos 2 años de ahí que esa «chispa» inicial se pueda acabar agotando. Repito: somos animales, pero no por ello tenemos que ser iguales como individuos. Saco todo esto a relucir para explicar que una pareja que lleve más de 30 años juntos es más probable que caiga en el tedio y en la rutina que en un amor intenso como si fueran las primeras semanas de relación.

Eso es lo que sufre principalmente el personaje de una soberbia Meryl Streep – luego la alabo como se merece – en este melodrama con apuntes cómicos que la reúne nuevamente con David Frankel tras la sobrevalorada El Diablo viste de Prada. Han leído bien. Un melodrama.  Porque en el guion de Vanessa Taylor nos enfrentamos a una historia tan triste como realista, un golpe directo al corazón cuando vemos que todo aquello por lo que luchamos con tanta fuerza se ha desvanecido con el paso de los años hasta poder llegar a convertirnos en completos desconocidos (o quizás creíamos que nos conocíamos tanto que dejamos de descubrirnos y preocuparnos por el otro). Claro que todo ello está muy bien disfrazado – o maquillado – con una dosis de comedia que hacen que la historia sea más suave, y que, al fin y al cabo, nos tomemos con humor lo que nos depara la vida siempre y cuando tenga solución.

Esa solución tiene el rostro de un Steve Carrell tan comedido que acostumbrado a verle en comedias más alocadas -o quizás no tan adultas – nos cuesta creernos que él sea la voz de la razón y de las oportunidades para el matrimonio Streep – Jones. El actor asume su rol secundario y es quien lleva el timonel del barco que Streep planea llevar a buen puerto, a pesar de la inicial dejadez de Jones. Un Jones que ya no actúa, porque simplemente es el Tommy Lee Jones que llevamos viendo en pantalla durante muchísimo tiempo: un gruñón de tomo y lomo, un tópico en el género masculino durante la tercera edad. Es entonces cuando asistimos al festival Streep, posiblemente la mejor actriz de su generación (tachen el posible), la mejor de la actualidad y casi me arriesgo a decir que de las mejores de todos los tiempos.

Por no decir la mejor. Su versatilidad es indiscutible. De ahí que tenga, en general, 2 rostros: el destinado a Oscar con papeles sobre todo con personajes más serios y/o reales (léase La dama de hierro, Memorias de África, o en la imprescindible Los puentes de Madison) y el más comercial, en donde brilla especialmente en el terreno de la comedia (la comentada de Prada, Mamma Mia y su papel más secundario en Lemony Snicket por citar algunos ejemplos). Streep con un simple gesto, una mirada desgarradora o una frase hace que seamos capaces de sentir lo que padece su personaje, que seamos cómplices de la cruda situación por la que pasa, y que estemos con ella en cada momento por lo que deseamos con todas nuestras ganas que sus intenciones lleguen a cumplirse. Dicho mal y rápido: ella es la «buena» de la función, siendo Jones el «villano» al mostrarse reacio a un nuevo acercamiento a su esposa.

Sin embargo Jones en su rostro repleto de arrugas – no vean cuantas – demuestra en ciertos momentos puntuales un sufrimiento al no poder dar lo que le pide su esposa que hace que esa lucha que ambos intentan sea más dura de lo que podíamos imaginar a priori. Y el libreto de Taylor es tramposo, muy tramposo. Siempre que exista un pequeño rayo de esperanza, un golpe de realidad nos sacudirá para despertarnos de ese sueño fugaz,  todo ello edulcorado con una sucesión de canciones que no vienen a cuento en una película adulta como esta (si la mujer está triste temita deprimente, si hay buen rollo temita animado pero clásico claro está). Pero culpo a Frankel de no saber reconducir estas situaciones, y de que nos trate como a niños a los que enseña un gustoso caramelo para en el último momento metérselo el en la boca. Ese juego insano con el espectador llega a hacernos dudar de si finalmente Streep logrará su cometido (lo cual por supuesto no voy a desvelar).

Hay que agradecer que entre tanto blockbuster y superhéroe veraniego (que yo no tengo nada en contra de Batman, Vengadores o derivados……bueno del último Spiderman sí) se nos cuele esta historia adulta que nos hace reír con algo que no tiene mucho de divertido (aunque secuencias como las relacionadas con el sexo son hilarantes) y nos enseñe que en Hollywood todavía queda vida más allá de lo comercial y lo convencional. Aunque más que vida yo apuntaría inteligencia.

La edad no perdona mis queridos lectores. Pero la lucha, el mantener vivo lo que con tanto esfuerzo hemos logrado depende de nosotros. Incluso aunque vayamos en contra de la madre naturaleza. Y al final, lo que nos llevamos son los buenos recuerdos en la compañía de quienes de verdad nos quieren, nos han dado lo mejor de sí mismos y se han preocupado de que las únicas lágrimas que derramemos sean de felicidad.

Uno que se ha levantado hoy reflexivo.

Puntuación: 6,3/10.